Todas las cofradías y hermandades merecen respeto, todas tienen aspectos extraordinarios y todas son, a su manera, admirables. Pero La Cruz Desnuda es especial. Esa cofradía tiene algo que la hace única. Uno ve año tras año las mismas cofradías, las mismas imágenes y en el mismo orden y acaba por acostumbrarse. De algún modo se insensibiliza ante lo previsible, como si estuviéramos escuchando constantemente la canción del verano. Pero la Orden Franciscana Seglar es distinta. Ellos no son una recopilación de grandes éxitos ni uno de esos discos comerciales. La Cruz Desnuda es la pureza absoluta, es escuchar un blues a un esclavo, una bulería a un gitano, una canción ‘country’ a un vaquero de Montana. Algo tan profundo que no puede ocultar su honestidad. 

De pequeño me acojonaban. Supongo que me impresionaba la seriedad y la elegancia, la extrema sobriedad de la liturgia hecha cofradía y esos hábitos franciscanos que más tarde serán su mortaja. Yo creo que, al ver esos sayales, todo pareciera estar sucediendo en otra época. No son solo las sandalias, los pies descalzos o el cordón blanco. No es la manera que tienen de caminar y ni siquiera es que el símbolo de los Santos Lugares o la Cruz de Jerusalén me hagan sentir un Cruzado, que también. Es algo más. Se percibe una esencia, una verdad y una dignidad tan grandes que logran que su fuerza no radique en sus imágenes sino en su concepto, en su manera de entender su misión y en la forma que tienen de movernos a la fe verdadera, a la única que importa, como si vinieran para recordarnos que todo lo anterior está muy bien pero que, al final queda la Cruz y que con ella hemos de cargar. Son ‘Castilla hecha cofradía’, frase que no es mía, pero que me encantaría que lo fuera.

Siempre que los veo llegar tengo la misma sensación de sorpresa, como si no me lo esperara. Es como si se me hubieran olvidado, como si a la muerte de Cristo y a las Dolorosas no les siguiera, al final, la rotundidad del silencio, el Gólgota vacío, la increíble vulgaridad de la vida después de Cristo. Es cierto que siempre he sentido que la cristiandad es una nación –quizá la única– pero, si eso fuera así, los Franciscanos serían la vanguardia y la retaguardia a la vez, los primeros en llegar y los últimos en irse. Por eso, cuando los veo llegar siento que estoy viendo a un cuerpo de élite, a los voluntarios de un ejército de paz, como si todos y cada uno estuvieran movidos por una promesa y tuvieran un motivo profundo para hacer lo que hacen, que en realidad es lo mismo que hacen los demás. Pero distinto.

Su humildad, sencillez y austeridad me atrapan, quizá porque he sido educado por Jesuitas y lo de la humildad lo llevamos regular. Aunque, ahora que lo pienso, quizá no saberse humilde sea la verdadera humildad, la más extrema. Me gusta ese concepto, tiraré de ese hilo luego, de momento vengo a contarles que hoy jueves, a las siete de la tarde, la Cruz Desnuda parte del Convento de Santa Isabel de Hungría, en Santo Domingo de Guzmán, que es como exiliarse a otro lugar y a otro tiempo. Estrena procesión la cofradía y estrena procesión la ciudad. Personalmente, estoy deseando verlo.

Paradas previstas en la iglesia de Jesús, en el oratorio de San Felipe Neri y en la Catedral, con un coro durante toda la procesión, otra novedad que hace que tenga una pinta extraordinaria. Pero, sobre todo, estoy deseando un momento por encima de los demás, un momento que será muy especial para cualquier vallisoletano: la visita al antiguo Convento de San Francisco –hoy Teatro Zorrilla–, ese convento franciscano en plena Plaza Mayor en el que murió y fue enterrado Cristóbal Colón o el héroe irlandés Red Hugh O’Donnell. Este convento fue algo importantísimo en la ciudad y aunque ya no podamos verlo, debemos entender que los Franciscanos llevan en Valladolid desde principios del siglo XIII y que ese lugar es protagonista de nuestra historia. Y que en diferentes capillas de este convento tuvieron sede tanto la Vera Cruz o Pasión como la propia Orden Franciscana Seglar, la Venerable Orden Tercera. De ahí la importancia y la carga emocional de la visita. No olvidemos que esta una de las cofradías históricas de Valladolid y, si no es la más antigua, desde luego es una de las más antiguas. Ellos no se lo reconocerán nunca por lo de la humildad. Pero ya hemos quedado que para eso estoy yo.

Y el resto ya lo saben: por la mañana Cristo de la Luz. Por la tarde, pónganse guapos que este es uno de los jueves que relucen más que el sol y de visita con la familia a siete iglesias, unos vinos, unos pinchos, saludos a sus vecinos, encuentros inesperados y abrazos por las calles. Celebren que estamos vivos, que la Semana Santa vuelve a la calle. Y después de la procesión de los Franciscanos da igual, hagan lo que hagan estará bien hecho. Valladolid entera es hoy una procesión. Si la cristiandad es una nación, Valladolid sería la nueva Jerusalén. Otra frase que no es mía, pero que me encantaría que lo fuera. Aunque puede también que me lo haya inventado. Da igual. Humildad. Está bien así.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 14 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).