El Sábado Santo es una arritmia, como si el corazón se hubiera saltado un latido y te dejara veinticuatro horas en pausa. De algún modo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección están unidos, como lo están muerte y vida, son dos notas ligadas en una partitura. Y siguiendo con la partitura, el Domingo de Resurrección es una nota con puntillo: la vida sigue. Ayer, la muerte. Mañana, la eternidad. Hoy es el día de Schrödinger, Cristo está muerto y vivo de modo simultáneo. Yo me imagino el sábado que tuvieron que pasar María, Juan o la Magdalena y no quiero ni pensarlo. El Maestro ha muerto tras un martirio salvaje y además lo ha hecho preguntando a su Padre que por qué le había abandonado. ¿Era todo mentira? ¿Fue todo una farsa? Las dudas debieron ser grandes. Tanto como el dolor.

Uno, que ya se sabe cómo termina la historia, no puede fingir una tristeza que no tiene: mañana, Jesús llega al cielo y se sienta a la derecha del Padre. Pero les recuerdo que, antes, Jesús baja a los infiernos. Me parece un pasaje conmovedor de cuya importancia no he tomado verdadera consciencia. Jesús bajó a los infiernos porque era necesario que pasara así, era imprescindible vencer allí al diablo y, de este modo, liberar a toda la humanidad para siempre. Su muerte, así, solo fue un trámite para lo importante: vencer al mal. Y por eso no opuso resistencia a su Pasión. Vida, muerte y resurrección parecen ocurrir en planos diferentes. No son dos (vida-muerte) sino tres los espacios. Esto implica que, si Dios tuvo que hacerse hombre fue precisamente para morir físicamente y poder entrar de este modo en el plano en el cual poder vencer, ya que desde su plano natural no podía. Desconozco si lo que planteo es una evidencia por todos conocida o, en cambio, es una herejía y me van a excolmulgar, pero hoy mientras me duchaba, súbitamente, todo ha cobrado sentido. Sospecho que hay tres formas (Padre-Hijo-Espíritu Santo) y tres planos (antes de la vida, la vida y después de la vida). Quizá cada forma sea la misma entidad, pero en cada uno de los planos. Como el agua: sólido, líquido, gaseoso. Miren, yo no sé si he entendido de golpe el misterio de la Santísima Trinidad o es el cansancio, pero no me bajo a El Colmao a celebrarlo porque son las 10:08 de la mañana y me parece excesivo.

Hoy es un día de paso, un puente entre dos orillas, una anécdota soleada. La ciudad vuelve a la normalidad durante una mañana y podemos comprar, por fin, pan, leche y periódico y recuperar la dignidad perdida tras tanto día de fiesta. Bueno, eso los que la hayan tenido, uno es un estajanovista de la cosa. Y encantado.

Es un buen día para reflexionar sobre nuestra Semana Santa. En Valladolid caemos con frecuencia en un circulo autorreferencial, en un ensimismamiento que nos hace encerrarnos en nosotros mismos. No parecemos tener ninguna necesidad de explicarnos, de vendernos, de abrirnos. Y pienso que el orgullo está bien, pero que no podemos hacernos trampas al solitario. Aunque este año haya sido especial y la participación haya sido alta, nuestra Semana Santa tiene problemas. Hay desconexión, las cofradías necesitan abrirse más a la sociedad, a los niños, a los jóvenes, a las empresas, a la prensa. Creo que se puede mejorar la manera en la que se relacionan, es decir, la manera que tienen de comunicar, de mostrarse. Sigue siendo todo muy hermético y no hemos de confundir pureza con intransigencia, personalidad con soberbia ni seriedad con frialdad. Hay que hacer vida de hermandad todo el año y hay que involucrarse en proyectos más allá de una semana. Me consta que muchas lo hacen, pero no todas y no siempre. Da la sensación de que fueran un ente aparte, un ente que vive en una burbuja y que solo funciona en Semana Santa. Hay que pensar, también, si la hostelería está a la altura, por ejemplo, la noche del Jueves Santo. Hay que hacer también algo con el Sábado para que los visitantes se queden. 

Y habría que repensar algunas procesiones, hay cofradías que salen cuatro y cinco veces, incluso dos veces en el mismo día y me temo que la sobreexposición es la madre del desinterés. Hay que replantearse pequeños cambios en el modelo Gandásegui, que estuvo muy bien para reorganizar la Semana Santa, pero que está agotado. Y hay que pensar si es serio que haya cofradías que anden ‘de prestado’, sin sentimiento de pertenencia y sin poder dar culto a sus imágenes. 

Lo inteligente es acometer mejoras mínimas y constantes, que «todo cambie para que nada cambie». Y me temo las cofradías no pueden hacerlo solas. Toda la ciudad puede aportar y debería tomar parte de la reflexión. Incluidas las instituciones. No vale con pensar en lo que fuimos y ver cómo la inacción y la parálisis nos desangra. Hay que pensar que, quizá, estemos perdiendo relevancia a pasos agigantados y hay que analizar las causas y las soluciones. Pero me temo que, si nos quedamos anclados en el pasado, perderemos definitivamente el futuro.

(Esta crónica se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 16 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).