Observo cómo cierta izquierda se ríe de Feijóo y de Bertín, cómo los desprecian por ser normales -‘random’, dicen ahora-, cómo los humillan por ir con camisa y jersey, ahí, a lo loco, sin ‘piercing’ ni tatuajes, como dos auténticos fascistas, cómo se mofan por beber tinto, comer pulpo y hacer chistes malos. Debe de ser que ellos beben té matcha y comen quinoa con perspectiva de género mientras saludan al sol. Pues miren, me parece muy bien, que hagan lo que les de la gana. Ellos se lo pierden y mientras hoy esa izquierdita de hombre de mediana edad que quiere impresionar a su novia progre haga yoga en el Retiro y beba batidos ‘detox’ para purgar las culpas

 del puente, yo me voy a ventilar media botella de clarete y unos caracoles con mi chica en la taberna más típica que encuentre en el barrio, una llena de gente como Feijóo y como Bertín y voy a hablar del Real Madrid, de los toros de La Quinta y, si se tercia, de la procesión del Jueves Santo. Facha que es uno. Aunque por más que repaso ‘El capital’ y mis apuntes de Keynes, no encuentro ninguna referencia al ‘ramen’, al ‘poke’ ni a los brotes de soja en la conformación del pensamiento de izquierdas. 

Qué cosas. Antes la izquierda se centraba en mejorar las condiciones materiales de la gente, que pudiera vivir con dignidad, acceder a la sanidad, a la educación, tomar un vermú el domingo después de misa y cargar el maletero hasta arriba en agosto para irse a cualquier playa tercermundista a sufrir como faquires del progreso. Ahora no, ahora la izquierda es solo estética, una actitud gilipollas de niñatos de pueblo que llegan a Madrid, se acomplejan al ver Chueca y Malasaña y tras unos años de fiesta acaban por pasarse los sábados por la noche viendo la tele para poder reírse en Twitter de dos hombres de pueblo, maduros, prealopécicos y muy heterosexuales. A veces comen con la boca abierta, es cierto. ¿Y eso es todo?

Pues miren, les doy más pólvora: a veces pedirán vino de la casa, es posible que cenen una lata de sardinas, puede que tomen orujo de hierbas y no Jägermeister y, mucho peor, quizá pasen la Nochebuena en familia, ahí, haciendo daño. Puede que en las bodas bailen como bailan los padres en las bodas y que cuando suena un pasodoble agarren a su cuñada y ale, a dar vueltas. Seguramente les guste Monica Bellucci y no la última ‘influencer’ retrasada. Puedo sospechar que siguen el Tour, que duermen con la radio puesta y que conocen al cura de su pueblo. Es posible que sepan refranes, que sigan con interés la predicción meteorológica, que echen la siesta si pueden, que les encante el ‘western’, que peleen por pagar la ronda, que lean la prensa en papel y, rizando el rizo, que tengan a los abuelos en casa en lugar de en un geriátrico.

Y ¿saben qué les digo? Que me alegro, que ole sus narices y que esta es la única guerra cultural por la que daría la vida. Si tengo que elegir, que le den a esta izquierda incapaz de ser feliz. Yo me voy de fiesta con Bertín y con Feijóo.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 2 de mayo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).