Cuando le pregunté a Chapu Apaolaza si quería que comiéramos lechazo me miró con displicencia, un poco de decepción e incluso diría que algo de desprecio. Al menos eso es lo que yo pude ver en su cara, lo que no deja de tener cierto mérito porque la conversación fue por teléfono. «Pues claro, tío. Vaya pregunta». Eso digo yo, vaya pregunta José, pues claro que quiere lechazo, un hombre como Dios manda viene a Valladolid y quiere lechazo, un tío que se viste por los pies y que pesca las sepias a pulmón viene a Valladolid y quiere lechazo, un tipo con una barba rubia de Robinson de Amara que corre los San Fermines en la Cuesta de Santo Domingo quiere lechazo, un donostiarra que va en trainera de la Concha a la Zurriola para hacer surf, luego doma un par de caballos y posteriormente sube Urgull con los perros, ¿qué va a querer? ¿Tofu? ¿Carne de esa que no es carne? ¿Rúcula marinada en un aceite de no se qué semillas chinas? Vamos hombre. Pues claro que quiere lechazo. No somos salvajes.

Y lechazo comimos. Partí el cuarto con cariño, con mimo, como si estuviera partiendo el pan y el vino en una ceremonia sagrada, muy despacito, con esa ‘auctoritas’ que da el haber nacido en el Paseo de Zorrilla. Y el temple, claro. No me refiero a la Orden sino a Curro. Partí el cuarto como toreaba Curro Romero, acariciando la carne y el porvenir. Porque comer lechazo es mucho más que alimentarse, es algo que no se limita a ingerir unas características organolépticas como si fuéramos jilgueros o motores diésel. Comer lechazo es una liturgia, un homenaje, una conexión trascendente con nuestra tierra y con nuestros genes. Y la conexión se nota desde el olor. 

El mero aroma a horno, a cazuela de barro y a asado ya nos puso contentos. Cuando llegó la cazuela, Chapu sonreía como si se hubiera activado algún resorte primitivo y yo le decía que en esa sonrisa se resume el mundo porque es imposible estar triste comiendo un lechazo, es el mejor antidepresivo que conozco, una fábrica de serotonina de efecto lento. No hay nada mejor que ver qué nos da la tierra y con ello crear alegría y arte. Chapu reivindica el botijo, el porrón y la bota porque nos pone contentos. Yo veo la apuesta y subo a lechazo, pan y vino. 

Es más, llevo un tiempo fijando en mi hija la idea de que, en esta tierra, la amistad se celebra con lechazo, que la familia se encuentra delante de un lechazo, que para celebrar un éxito se come lechazo y que los fracasos, con lechazo, son menos. Que los reencuentros, los homenajes y la hospitalidad se basan en el lechazo, que los días especiales, los eventos y las fechas señaladas se celebran con lechazo asado. Porque, cuando una tierra es pobre, matar un lechazo es un lujo.

Cuando eres un pastor, matar un lechazo es renunciar a mucha leche. Y, por eso, ese olor, para nosotros, es mucho más que algo apetecible: es un activador de recuerdos, de orgullo, de sentimientos, de sensaciones, una manera de invocar a los que ya no están, una apelación a algo que ha vertebrado una vida de principio a fin y un catalizador de emociones a las que no podemos permitirnos renunciar. El día que perdamos esto estaremos perdidos como pueblo. Seremos una tierra derrotada, humillada y vacía. La vida es poco más que esto y mientras tengamos una mesa, un lechazo y un amigo con el que compartirlo, ya pueden venir problemas de todos los colores que Chapu y yo los recibimos uno a uno a portagayola. Y, después, que Dios reparta suerte.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 5 de mayo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).