A Macron le votaron, en primera ronda, funcionarios, pensionistas, mandos intermedios y dueños de negocios, es decir, los únicos franceses que conservan salarios dignos. En segunda vuelta esos y los del mal menor, que no es una playa de Murcia sino el voto maduro, sin ilusión. Porque esto no va de identidad ni de guerra cultural. La cosa va, como siempre, de dinero. La gente quiere vivir bien. Y ya. Por eso, el resto de franceses, los que no llegan a final de mes, pasaron de Macron y eligieron en función de sus fobias: los que culpan de sus problemas a los inmigrantes votaron Le Pen y los que culpan al capitalismo a Mélenchon. O sea, que a Macron le vota la derecha clásica mientras que la izquierda sociológica, es decir, los perdedores, los pobres, los parias, la famélica legión, los resentidos, los endeudados, los que se sienten estafados, los que están hasta las narices de París, los que creen que el mundo les debe algo y los niñatos que creen que merecen vivir mejor sin haber hecho nada para merecerlo dividen su voto entre Le Pen y Mélenchon, que son dos maneras de orientar un mismo rencor: la realidad no les vale, el ‘statu quo’ les perjudica, odian a las elites y quieren subvertir el orden. Eso en mi pueblo se llama izquierda, votes a Le Pen o votes a Espinete.

No hay paralelismo en España. Le Pen es populismo pata negra. Vox solo a medias. Es cierto que Vox tiene un sindicato, mucho rencor y a veces solo les falta el puño en alto para actuar como la izquierda de toda la vida, pero la realidad es que su propuesta económica neoliberal cierra las puertas a los votantes que piden políticas expansivas, que son el opio del pueblo. No así Le Pen, socialista en lo económico, como todos en Francia. Lo identitario, me temo, no es ideología sino el folklore de la ideología.

Hace diez años los movimientos antiglobalización eran de izquierdas. Hoy de derecha populista. ¿Cómo puede ser que un mismo concepto cambie de bando así? Pues porque cambian las circunstancias de los votantes. Antes, la globalización se veía como capitalismo sin fronteras y como gente pija haciendo negocios. Sin embargo, hoy se ve como inmigración y la inmigración hace daño a los desfavorecidos nacionales, en cuanto a que compiten con los inmigrantes por los recursos del Estado. Y resulta que esos desfavorecidos ya no votan solo a partidos de izquierda, sino que se encuentran diseminados por todos los partidos.

Leo a Müller analizando el índice de confianza del consumidor y, en España, los que con más frecuencia declaran no llegar a fin de mes y haber tenido que endeudarse son los votantes de Vox. Es decir, los desfavorecidos del siglo XXI no son desdentados de barrios marginales sino una clase media-alta endeudada, con salarios precarios, que soporta una inflación desbocada y sin esperanza de mejorar. Pero como tiene Netflix y iPhone no se ve a sí misma como pobre. No, no es que media Francia sea fascista. Lo que pasa es que la derecha populista es la nueva izquierda.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 25 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).