Yo a Sánchez me lo llevaba al Memorial de las Víctimas del Terrorismo, en Vitoria. Ya no pido más que eso, no tengo ganas de intensidad emocional ni de explicar la diferencia que hay entre bien y mal, entre vida y muerte o entre dignidad y barbarie. Lo llevaría sin presión, sin dramatismos y sin nadie que escribiera los versos más tristes esta noche. Solamente le pediría que se diera una vuelta y que reflexionara. No pido que después nos cuente sus conclusiones porque ni esto es el colegio ni yo soy un catequista. Que se limite a pasar allí un par de horas y luego que se de un paseo por la ciudad. No hace falta efectismo, voces quebradas ni gargantas rotas. 

Solo que recorra las salas en silencio. No es necesario un plan concreto ni una sobreactuación afectada. Me conformaría con que viera con sus ojos el táper relleno de explosivos que se colocó con dos imanes en los bajos de aquel coche. Que observara los escritos de Txomin pidiendo entre saludos amistosos que siguieran las ejecuciones (sic) junto a un croquis con la explicación de las rutinas diarias de un padre que llevaba a sus hijos al colegio y que hoy cría malvas. Que observara las fotos de Hipercor, de la cafetería Rolando o la que tomó José Luis Larrión en la Vuelta del Castillo de Pamplona y en la que podemos ver el color exacto de la vergüenza, la densidad del aire ya respirado y la soledad del cadáver de Juan Atarés tapado con una manta delante de su viuda y un sacerdote haciendo la señal de la cruz, supongo que en la parte exacta en la que dice «de nuestros enemigos líbranos señor Dios nuestro». Al fondo, Pamplona en blanco y negro. Sobre todo, negro.

Le pediría que viera las habitaciones de las niñas que murieron en ese atentado y cuyas muñecas siguen esperándolas. Que entrara en el zulo de Ortega Lara, que imaginara la humedad de aquel polígono junto al Deva y que aguantara cinco minutos. Yo no pude. Algún otro, con más cojones, aguantó 532 días. Que vea la cartera de Jesús Velasco agujereada a balazos junto al corazón que partieron las balas o su boina roja con la estrella de comandante bordada en oro y con el escudo y el lema alavés, «en aumento de la justicia, contra los malhechores». Los tricornios de los guardias civiles asesinados, las armas incautadas, las bombas que no estallaron. Que pensara en las 853 víctimas de ETA, en las líneas genealógicas rotas, que mirara a los ojos a Ángel Altuna o a Ana Iríbar, que escuchara las amenazas de muerte que escuchó Gregorio Ordóñez antes de morir o que dedicara un segundo a cada uno de los 311 crímenes sin resolver y cuyos autores están entre nosotros.

En política no hay nada gratis. No tenemos la menor idea de lo que el PSOE va a dar a Bildu a cambio de su apoyo, pero, sea lo que sea, les sugiero que lo firmen en el Memorial y que luego se lo cuente a Zelenski. Quizás así entienda de golpe el paralelismo y comprenda que no hay que irse a Kiev para estar del lado de las víctimas. Y ya está, no molesto más. Siga con sus algoritmos.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 29 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí)