Ficha técnica:

Plaza de Valladolid. Sábado,14 de mayo de 2022. Primera de la feria de San Pedro Regalado. Media entrada. Corrida mixta con toros de María Guiomar Cortés de Moura para el rejoneador -manso el 1º y noblote el 4º- y de Garcigrande para el toreo a pie -nobles y descastados 2 y 6º; sin transmisión ni fuerza el 3º, noble y colaborador el 5º.

Diego Ventura, pinchazo, estocada trasera y descabello (ovación y saludos). En el cuarto estocada entera (dos orejas)

Julián López ‘El Juli’, de frambuesa y oro. Estocada en lo alto y dos descabellos (oreja). En el quinto estocada trasera y caída (dos orejas).

José María Manzanares, de grana y oro. Metisaca, pinchazo y estocada entera (ovación y saludos). En el sexto, estocada hasta la bola (dos orejas).

Cualquiera que lea el titular puede pensar que en Valladolid se sublimó el toreo, que se pararon los relojes en una tarde para el recuerdo y que el arte se hizo carne y habitó entre nosotros. Nada de eso. Tampoco fue un desastre, es cierto. En esta plaza nos hemos tragado bodrios antológicos y la de este sábado no está ni mucho menos entre las peores corridas de los últimos años. Pero, desde luego, tampoco entre las mejores como puede llegar a pensar quien cuente los trofeos que se otorgaron. 

Fue simplemente una tarde vulgar, mediocre, floja, una medianía más, una corrida que no llegó a romper en ningún momento y en la que faltó emoción y transmisión. Una tarde que se puso gris en lo metafórico anticipando lo climatológico. Y esta vez no es culpa del ganado, flojito y sin fuerzas, pero válido, sin entrar en detalles. Tampoco es culpa de los toreros, todos con ganas, profesionalidad y sobrados de entrega, algo que gusta mucho por estos lares. Quizá solo la culpa sea de los tendidos, de una plaza conformista en exceso, de un público sin exigencia que regala orejas, ovaciones y que, en ocasiones, roza el paletismo y asume las formas de una plaza de pueblo y no del coso de la primera ciudad de Castilla y León. O quizá simplemente haya que aceptar que esto es lo que hay, que son los tiempos que tenemos y que demasiado que, de vez en cuando, aún podemos ver toros en el Paseo de Zorrilla.

En cualquier caso, hay tres cosas con las que habría que acabar en el mundo: las corridas mixtas, el hambre y los pantalones mom-fit. Pero si tenemos que elegir cargarnos una de las tres, priorizamos lo de las corridas mixtas, algo que no llega a funcionar y en la que el público se divide entre quienes no soportan los rejones y quienes no soportan el toreo a pie. O el toreo a secas, porque el rejoneo, pese a la indudable belleza de los caballos, no puede jamás ser lo mismo que lo que hace quien se juega la bragueta en el albero. No es lo mismo un espectáculo ecuestre -en ocasiones rozando lo circense-, con toritos desmochados, que una liturgia sagrada como la de un animal tremendamente poderoso frente a un hombre armado con un trapo que se juega la aorta. 

Dicho esto, hay público para todos y todos deben tener su sitio. Pero, por favor, no a la vez. Cada cosa en su momento y con su público, eso del ‘mar y montaña’ ya no se lleva. La realidad es que parte de la plaza estaba deseando que acabara el rejoneo y otra parte fingiendo llamadas para abandonar el tendido tras el segundo de Diego Ventura, que estuvo bien, emocionante por momentos, especialmente con el segundo, al que durante una parte de lidia toreó montando a un caballo extraordinario sin cabezada, algo de máxima dificultad. El lusitano conecta con los tendidos, es indudable y, los quiebros, el temple, la doma y el ceñimiento, junto con un poquito de populismo -llegó a besar la tierra- fueron suficientes para abrir la puerta grande. Vale.

En cuanto a ‘El Juli’, que venía de liarla en Sevilla y Madrid, lo de siempre, que no es poco. Ganas, maestría, técnica, conocimiento excelso del ganado -ha matado más Garcigrandes que moscas- y una profesionalidad que ya quisieran otros. En ocasiones, incluso demasiada: llegó a meter ocho tandas al primero de su lote. No hace falta Julián, de verdad. Torear no es pegar pases. Se agradece la entrega, pero todo tiene un límite y es el aburrimiento. Mucho mejor con el segundo, un toro con más codicia ante un Julián más templado. Pero sobra lo de irse de rodillas, sobra citar de espaldas y el toreo en redondo, sobran las palmaditas al toro y falta, en ocasiones, verdad. Bien, sin más. Y desde luego nunca para llevarse tres orejas.

Similar Manzanares, cuya faena al segundo quizá sea lo mejor de la tarde, sin llegar nunca a lo sobresaliente. Sigue sin cargar la suerte, sigue con el embroque lejano y esa verticalidad excesiva. Seis tandas a un toro que se quedaba muy cortito y al que supo dar tiempo y espacio. Tiene un cañón y, en Valladolid, eso vale para que te den dos orejas. Y en ese momento, cuando el presidente regalaba la segunda, el cielo se abrió, un trueno nos partió los tímpanos y yo no puedo evitar pensar que ese es el castigo de los cielos por regalar trofeos y convertir las orejas en simple populismo bananero. Y todos a ver a Chanel.

(Esta crónica se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 15 de mayo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).