Ficha técnica:

Plaza de Valladolid. Domingo, 15 de mayo de 2022. Segunda de la feria de San Pedro Regalado. Casi tres cuartos. Ejemplares de Hnos. García Jiménez y Olga Jiménez para una terna compuesta por José Antonio «Morante de la Puebla», Andrés Roca Rey y Tomás Rufo.

A la defensiva y sin clase el 1º, deslucido el 2º, descastados y sin fuerza el 3º y 5º (aplaudido en el arrastre), malo el 4º (pitos en el arrastre), noble, bravo y colaborador el 6º (vuelta al ruedo)

Morante de la Puebla, de fucsia y azabache, dos metisaca, pinchazo e intento de descabello con el toro tapado (bronca). En el cuarto dos metisaca, pinchazo y bajonazo (división de opiniones).

Roca Rey, de canela y oro. Estocada caída (dos orejas). En el quinto estocada entera (dos orejas).

Tomás Rufo, de azul azafata y oro. Estocada tendida y caída (oreja). En el sexto, media (dos orejas).

Escribo esto tras contar hasta trescientos, beberme un par de tilas, tomarme una pastilla de esas de melatonina y ponerme música de Enya para templar la mala leche y escribir de modo afinado, certero y justo, que es de la única manera que se puede escribir bien. De otra manera sería difícil describir lo que hemos visto este domingo en el coso del Paseo de Zorrilla. No solo por el encierro que ha soltado Matilla -mal presentado, sin fuerza y sin casta, a excepción del sexto-, no solo porque los veterinarios lo aprueben, no solo porque la presidencia rebaje la dignidad de la plaza día tras día y toro tras toro, no solo porque se regalen orejas de modo bochornoso, no solo porque se ofrezcan vueltas al ruedo a toros mediocres, no solo porque el primer tercio de banderillas de Rufo sea antirreglamentario y nadie diga nada, no solo porque los maestros actúen como si estuvieran en la plaza de tercera que seguramente seamos y saquen un toreo barato, de corrala, ventajista y facilón, no solo porque Morante pase olímpicamente del aviso de cambio de tercio y decida que los caballos salen cuando a él le da la gana, no solo porque el de La Puebla decida dejar sin matar al primero de su lote y sea incapaz de descabellar, no solo porque Roca deje prácticamente sin puyazo a su segundo toro, como si esto fuera una novillada sin picadores, no solo porque la gente que venía de Madrid se fuera abochornada ante lo visto sino, sobre todo, por el público, por una plaza sin conocimiento, sin afición y sin exigencia, que está más preocupada por dar sentidas y profundas loas a la patria que por lo que sucede en el ruedo.

No tenemos remedio. No creo que esto tenga arreglo y, desde luego, estando nosotros no hacen falta antitaurinos porque la fiesta morirá sola, sin que nadie la mate. Y morirá porque los empresarios saben que pueden echarnos el ganado que sea, que nosotros no solo no lo protestamos, sino que lo aplaudimos en el arrastre. Porque los toreros saben que no han de arriesgar ni esforzarse, que no han de sacar su verdad de lo más hondo, sino que simplemente sirve con dar tandas efectistas hasta la náusea y meter el estoque como sea, porque eso garantiza la puerta grande. Porque la gente cree que viniendo a la plaza y aplaudiendo la mediocridad salva la fiesta cuando, en realidad, la condena. Porque no hay presión, no hay avisos del respetable que adviertan a los de oro que no somos tontos, porque no hay toquecitos que les hagan poner límites al encimismo, a los desplantes a toro pasado, al flamenquismo ante toros moribundos, a los arrimones ante animales inválidos que se caen.

Morante no tuvo suerte con su lote, lo que no quita para decir que fue incapaz de matar al primero con la espada y, como consecuencia, que estuvo cerca de dejarlo vivo tras innumerables intentos de descabello, que si lo ve un antitaurino hace una vigilia vegana y yo igual hasta me apunto. Lo del segundo de su lote es otra cosa, un toro protestado desde la salida que jamás debió de ser lidiado. Pero tenemos la presidencia que tenemos. Pitos aislados a Matilla y al presidente, metisacas, pinchazo, bajonazo y a La Puebla a bailar rumbitas. Morante: me engañas, pero te quiero.

Roca Rey, como siempre, resultón, valiente, ventajista y con ese toreo facilón, ‘espatarrao’ y de arrimones que no dicen nada. Tiene valor, es indudable, pero uno debe de usar el valor para ejecutar su arte. No vale con sustituir el arte que no tienes con un valor que no hace falta. Eso no sirve. Bueno, aquí sí. Al primero de su lote le lleva al caballo galleando por gaoneras, le hace un buen quite con la misma suerte -interminable la última-, brinda al público y le pega varias tandas con profesionalidad, pero sin calidad ni transmisión, entre otras cosas porque el toro se queda corto. Estocada caída y puerta grande abierta. Así de sencillo. En el segundo buenas verónicas de recibo, tres tandas con la mano derecha cuidando mucho al toro, una de naturales con cierto gusto y buena estocada. Otras dos orejas y aplausos al toro en el arrastre. De no dar crédito.

Y luego Tomás Rufo, que tiene clase y elegancia para exportar pero que está aprendiendo rápido todo lo que tiene que hacer, que es exactamente todo lo que debería evitar. Y es lógico, sabe que eso es lo que se premia, dar muchas tandas incluso cuando ya no hacen falta, mostrar valor cuando ya no toca, citar de espaldas, irse de rodillas, torear en redondo y demás vulgaridades. Aún así, varias tandas de mérito por ambos pitones con los dos de su lote. Porque tiene clase y calidad. Pero ya daba igual, hacía mucho que la gente que sabe había desfilado, me ardía el whatsapp, la gente entendida se miraba entre sí y todos sentíamos profundamente la enorme decadencia de una plaza que se desangra sin remedio delante de nuestras narices.

(Esta crónica se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 16 de mayo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).