El Madrid no se elige: el Madrid te elige a ti. Y lo hace cuando estás preparado. A mi me eligió una noche de mayo normal y corriente, una de esas en las que hace bueno, huele a flores y el Madrid gana una Copa de Europa. Nada extraordinario. Recuerdo que me puse enfermo. Fue en la undécima, creo, o quizá la duodécima, ya ni lo sé, empiezo a mezclar copas de Europa. Lo que sí que recuerdo es que fue como un exorcismo. Por mi boca había salido tal cúmulo de blasfemias, barbaridades y exabruptos antimadridistas que mi garganta dijo basta. Me entró una infección y fiebre muy alta. Pasé tres días en trance en la más estricta soledad.

Eso, para un autónomo, son palabras mayores, pero exactamente así es como sucedieron las cosas. Algo debió de ocurrirme en medio del delirio, alguna circunstancia sobrenatural o simplemente la visita de algún espíritu catártico, quizás el de Juanito. Pero cuando me desperté asumí la verdad con naturalidad, simplemente entendí de golpe que el Madrid me había llamado. Lo acepté sin dramas, sin traumas y con esa sensación de estar haciendo lo correcto que en tan pocas ocasiones me ha acompañado.

Empezó así mi nueva vida, una llena de felicidad, éxito y remontadas. Dejé de luchar contra mí mismo, acepté la grandeza que había en mí como un vulgar manualista de autoayuda y entendí que ese escudo da superpoderes. Mucho tuvo que ver el ‘procés’ y esa panda de tarados echándome del Barça, claro. Es difícil tener un vínculo de afecto con quien te desprecia. Se lo expliqué a mis allegados como quien sale del armario: «Chicos, soy del Madrid. Siento cositas cuando veo a Benzema y cuando escucho el nuevo himno». Para mi sorpresa no hubo reproches: el madridismo me acogió en su seno sin hacerme preguntas. Es más, lo vieron como algo normal, como si de algún modo lo esperaran y en realidad estuvieran preparados para que todos, antes o después, abracemos la fe verdadera. Porque, pudiendo ser feliz, ¿quién elige no serlo? ¿Quién quiere sufrir voluntariamente? ¿Quién prefiere llorar con todas sus lágrimas pudiendo reír con toda su risa?

Tampoco hubo reproches en mis viejos colegas culés. Todos lo entendieron, como entenderían que huyera con Kate Moss de tener la oportunidad. Algunos incluso hicieron el viaje a mi lado y ahora compartimos alegría. Porque ser del Madrid te hace formar parte de una nación -quizá la única- que vive la vida sabiendo que el bien no solo existe, sino que además está de tu parte. La cosa llega a tal punto que todo esto empieza a resultarme ridículo y si mañana ganamos otra vez la Copa de Europa creo que habría que plantearse seriamente abandonar el fútbol para siempre y buscar nuevos retos. Esto se nos queda corto. Propongo a Florentino constituirnos en ejército y dedicarnos a las misiones humanitarias. O, por qué no, abandonar la competición y dar el paso al I+D, como El Bulli. Solo exhibición, formación y consultoría. Aunque, bien pensado, es posible que no nos hayamos movido de ahí en los últimos 120 años.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 27 de mayo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).