La primera vez que entré en el El Berlín a las seis de la tarde salí a las cuatro de la mañana, con una nariz de payaso y jurando que nunca más, que nunca más, que esto se acabó. La resaca me duró hasta el jueves siguiente y, por supuesto, lo primero que hice una vez recuperado fue volver. Faltaría más. En esa dinámica estuvimos unos quince años, tampoco hay motivos para cambiar lo que no funciona. Nos instalamos en esa dialéctica que va del ‘nunca más’ al ‘otra vez’. Creo que el primer día entramos a por un café bombón, ya me dirán, qué ilusos, qué candidez, un café bombón, tan pueril como las mañanas de verano, como los inviernos de los cuentos, como el día de la madre, como un anuncio de compresas. Nos hicimos mayores esa noche, en el trayecto desde la leche condensada a las ojeras diacríticas, desde la barra de pan al baño del Berlín, que es un agujero negro de antimateria amorosa. Y yo que creía que la Universidad era una cosa de gente mayor, seria y prudente y, ya ven, a las primeras de cambio me encuentro cerrando un antro verde inglés con otros canallas desesperados, todos apestando a ron y a abrazos de hombre. Porque los hombres de verdad nos abrazamos. Y a mis amigos además los beso, los beso mucho, los beso cada vez que los veo, como a mis hermanos.

Uno de ellos es Rubén ‘el de El Berlín’, que es el único gentilicio que no marca origen sino destino. A Rubén le beso por varios motivos, fundamentalmente porque me da la gana, pero también porque se lo merece más que ninguno: nadie en el mundo ha aguantado tanto como él, nadie ha visto tanto y nadie ha olvidado tanto. Nadie ha mirado mejor para otro lado y nadie ha mirado mejor para este lado, para el nuestro, el de los buenos. Rubén actúa con la elegancia de un tiralíneas y con la clase de un Windsor –’Deu et mon droit’-, sonríe como un samurái y conoce tu estado de ánimo según el lugar de la barra en el que decidas sentarte. Cuando lo conocí parecía el Morrissey de ‘The boy with a thorn in his side’, pero ya tenía carisma de hombre viejo, como si estuviera de vuelta de todo, algo así como Jesucristo en un ‘after’. Pero, como en una matrioska, esa apariencia de Jesucristo contenía a otra figura igual que se hacía llamar Rubén, que a su vez contenía la presencia de un chaval de Aguilar embarazado de él mismo, que en carnaval se disfrazaba de hombre, para despistar. Aún hoy es posible saber a cuál de los cuatro te vas a encontrar por su forma de saludarte, pero para saber con cuál de los cuatro ibas a acabar hacía falta esperar hasta la decepción que marcara el rumbo de la noche. Porque siempre había una. Y habitualmente no éramos nosotros, pero siempre hay un gilipollas, una mala interpretación, un ‘simpa’, un borracho, una huida, una mujer, un jadeo. Rubén sortea la situación como si no formara parte de ella, como si levitara por encima de la escena, como si su forma de despreciar la realidad fuera abrazarla con todas sus fuerzas, como si su manera de estar en el mundo fuera atravesar el espejo para dotarlo de alegría.

Nunca vi un liderazgo tan firme. Y así sigue siendo, claro, si Rubén dice que todo está bien, todo está bien. Si Rubén dice que llueve, es que llueve. Y si no lo ves es que no te has fijado lo suficiente. Si Rubén dice que a casa, a casa. Si dice que al almacén, al almacén. Si dice que al cielo al cielo y si dice que a la esquina, pues a la esquina, a brindar por las afueras de la vida. Siempre sin un grito y sin un mal gesto, como un arlequín con un silenciador.

Rubén es el decano de los camareros de mi ciudad. Por decir algo, porque Rubén no es camarero. Él pone cañas como podría pintar cuadros, como Curro pega verónicas, con este temple que parece que estuviera parando el tiempo y echándote para atrás con el capote. A veces no me acuerdo bien de cómo me he portado y lleno los huecos con cosas muy feas, nunca me da por pensar que ese rato del que no me acuerdo lo utilicé en ayudar a cruzar a un ciego o a llevar a una señora las bolsas a casa, qué va, siempre me imagino las cosas más horrendas y tengo remordimientos por cosas que no he hecho pero que podría haber hecho. Es un remordimiento cuántico. Y entonces le pregunto a Rubén y siempre dice que todo bien, que no me preocupe, que soy el mejor. Y, de algún modo, envuelve lo feo y lo quema, es una hoguera de alternativas inciertas. Él se queda con la realidad, la transmuta y nos devuelve solo belleza y elegancia. Así hemos crecido, así hemos sido educados por él. Y así hemos salido.

Luego la cosa cambió y los golfos de entonces son los mismo que hoy se escandalizan por cosas ni la mitad de graves de lo que ellos hacían un vulgar miércoles. Los que pedían libertad a gritos hoy piden pin parental, los que pedían más horas de noche hoy piden horarios de cierre, y los que pedían drogas más duras hoy se santiguan por la decadencia espiritual y moral de España. Será que quieren proteger a sus hijos de gente como ellos. Pero mientras Rubén siga en El Berlín yo sé que tengo un lugar al que ir, un amigo al que abrazar, un confesor, una mirada, un banderillero, un guardia jurado, un maestro, un hermano mayor, un hijo adoptivo, media sonrisa, un callejón sin salida. Rubén me ha visto naufragar. Y me ha visto avistar tierra, como un Pinzón. 

Y el lunes hace veinticinco años de alternativa y le van a hacer una fiesta en El Berlín cuando caiga el sol. Me ha dicho que no es secreto y esta es la manera en la que yo manejo las cosas que no son secretos, con una página en El Norte de Castilla. Aunque deberíamos sacar un suplemento. Cuarto de siglo, cuarto de sueño. Y varias generaciones de vallisoletanos suplicando que nunca cuentes todo lo que sabes. Excepto si lo que sabes es, como sueles, el secreto de la mirada que acaricia, del silencio que acompaña y del abrazo que conmueve. En nombre de todos, que Dios te bendiga, amigo. Te veo en un rato. Y gracias por todo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 12 de junio de 2022. Disponible haciendo clic aquí)