Qué maravilla haber podido disfrutar de la ola de calor entre los idílicos andenes de la estación de Chamartín. Qué agradable observar las vías fundiéndose a mi paso como lava de Cumbre Vieja. Y qué fabulosa oportunidad la de respirar este aire como de peluquería de señoras a dos horas de una boda. Qué belleza la de los hombres en bermudas dejando sus canillas al aire, qué atractivas sus camisas de manga corta a lo Montano, qué elegantes sus chancletas liberando la clinodactilia de sus meñiques. Y qué atractivas y aristócratas las mujeres con medio culo al aire. Qué amables las despedidas de soltera, por cierto, qué estilizados sus atuendos, qué simpáticos sus cantares, qué gráciles sus movimientos, qué edificante su prudencia.

Qué baratos los cócteles, qué humildes los mixólogos y qué comprensivo aquel dogo argentino. Y qué poco calor daba, que cada vez que abría la boca notábamos un fuego valyrio retando a Dios y al frigorista. Y qué buena la temperatura del café con leche, por cierto, que mira que recalqué lo de que la leche no muy caliente, que lo rogué y hasta me postré en el suelo boca abajo como si me estuvieran ordenando sacerdote, pero nada chico, se ve que no lo dejé suficientemente claro y cuando dejé de dar vueltas y saqué la cucharilla del vaso casi me quedo con el rabillo de la mano. Vamos, que es que la cafetera no es que pitara, es que decía ‘ay, ay, ay’. ¡Cómo disfruté de ese líquido atravesando mi tráquea! ¡Qué bonitas y especiales las noches de verano!

Ah, qué placer respirar ese aire recalentado, qué apropiados mis vaqueros negros, qué suave la velada tras esos chiles jalapeños. Y qué confortable aquel Dakar castizo consistente en atravesar la Castellana en un taxi que, sobre los asientos, tenía un edredón de plumón de ganso, de los buenos. Qué inolvidable el camino a aquel hotel sin aire acondicionado, que cuando me desperté asustado, parecía un sambódromo. Y qué visionario el que decidió echar brea en nuestra calle justo ayer. Ah, qué disruptivo el olor del asfalto sobre nuestros cuerpos deshidratados en la noche de Madrid. Y qué apropiada aquella tienda de turrones del Paseo del Prado, ahora que lo recuerdo. Qué genial tu idea de desayunar un chocolate con churros en San Ginés y qué paradójico tu cerebro, que cuando te dije que lo que menos me gustaba en el mundo era ir de compras, caminar y el calor, tú decidiste celebrarlo llevándome a pasar el domingo al Rastro.

Oh, qué maravilla el verano. Qué interesantes los mojitos, qué bien sientan las barbacoas, qué ilusión esa boda en Écija. Y qué divertida será la playa, qué sanas las algas, qué frescas las sandías. Y qué acogedoras y divertidas las piscinas, tan azules como el cloro de Rubén Darío, tan frescas como cinco años a la sombra. 

Ustedes disfruten mientras yo me entrego a la literatura rusa, distante y fría como la abogada de tu ex. Entro en letargo hasta que acabe esta vulgaridad distópica. Y si me ven celebrando el verano, por favor, péguenme un tiro.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 12 de junio de 2022, bajo una ola de calor incompatible con la vida y la dignidad. Disponible haciendo clic aquí)