Me entero por Camacho que  Sánchez ha ordenado trasladar a Ifema ‘El abrazo’, de Genovés, para que figure como fondo físico y espiritual de las reuniones de la OTAN. Ignacio sugiere con su poquita de mala leche sevillana que bien podía haberse llevado ‘La rendición de Breda’, que era lo suyo. Aunque me temo que, si por Pedro fuera, habría colocado alguno de los cuadros de Matisse en Colliure, rebautizándolos como ‘La ventana de Overton’ que es, en realidad, a lo que estamos. Me sorprende que Sánchez conozca a Genovés, todo hay que decirlo, pero igual da porque, en cualquier caso, hemos de explicarle que tiene otras alternativas menos evidentes. Miren, por ejemplo, yo habría llevado allí una performance de Sánchez a caballo, como el Príncipe Baltasar Carlos, con la tesis doctoral en la mano derecha. O, por qué no, también podría haber llevado ‘Los fusilamientos del tres de mayo’ cambiando españoles por marroquíes y vallas por paredones. Y ya que está que se lo explique a los del abrazito, pero paso a paso, sin dejarse nada en el tintero.

También podría haber optado por ‘Saturno devorando a sus hijos’, como alegoría del sanchismo. O ‘El jardín de las delicias’, de El Bosco, que es la manera en la que me imagino esos consejos de ministros, con estanques mágicos, arboles frutales, lechuzas que dirigen ministerios y extraños seres mitológicos de mirada esquiva. O ‘La anunciación’, de El Greco, con Dios dando al propio Pedro la buena nueva que supone él mismo. O incluso ‘La resurrección’, del mismo autor, cambiando el nombre por ‘Manual de resistencia’ y Sánchez elevándose victorioso sobre Madina, Susana y Pachi. No podemos olvidarnos tampoco de ‘Fernando VII, con uniforme de capitán general’, para explicarles a los señores de la OTAN lo actual del concepto de felonía. O ‘El triunfo de la Muerte’, de Pieter Bruegel, el Viejo, que tiene un aire a Ferraz la noche de las urnas rotas y que recuerda un poco a nuestro porvenir. O ‘La fragua de Vulcano’, de Velázquez, que, como todos sabemos, es un homenaje disimulado a la sala de fontanería de La Moncloa. O Marlaska como ‘Caballero de la mano en el pecho’, que se tira un aire. Y ‘Las Meninas’ como ilustración prodigiosa del proceso de escucha que ha abierto una que yo me sé mientras un señor, al fondo, huye despavorido de la escena.

Puede incluso salir de El Prado y atreverse con ‘El grito’, de Munch, para explicar gráficamente el estado de ánimo de Tezanos. O ‘Salvator Mundi’, de Da Vinci, con Pedro como pantocrátor recordando a la OTAN que ‘Ego sum lux mundi’. O ‘La lección de anatomía del Dr. Tulp’, de Rembrandt, que simboliza el proceso de creación de Frankenstein. Si lo que le va es Dalí, nada mejor que ‘Papaíto piernas largas al atardecer (¡Esperanza!)’, que no es otra cosa que Sánchez dejando su curriculum a Stoltenberg. O qué narices, que se postre él como una Maja y lance al mundo paz, amor y rayos arco iris. Como los osos amorosos, vaya. Pero con la cara de Otegi. Ya verá como lo entienden.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 30 de junio de 2022. Disponible haciendo clic aquí).