De entre todos los sonidos del mundo, ninguno tan tranquilizador como el orfeón que surge en cada siesta veraniega. Es un sonido ambiente mágico, un murmullo a treinta y tres revoluciones, un ruido de fondo pálido y tenue que podría distinguir entre cientos de sonidos. Es una banda sonora perfecta que te mece, que te acuna en su familiaridad. Uno pliega velas, cierra los ojos y ya no hace falta más para que surja el coro polifónico del sopor. 

Todas las siestas del mundo suenan igual, como si alguien lo hubiera grabado y simplemente diera cada día al ‘play’. Hay un perro que ladra a lo lejos, de modo intermitente, como recordándonos que ahí sigue, que no se ha ido ni tiene previsto hacerlo. Pero no molesta, más bien acompaña. Hay también una señora que friega con delicadeza y deja caer el agua despacio sobre los platos, que luego deja escurrir, uno a uno, sin prisa. Hay unos obreros tres calles más allá. Hablan en monosílabos, abren y cierran cajas y de vez en cuando se les cae algo al suelo. Y luego lo normal, un martillo, una radial, un lamento. Hay puertas de coches con aire acondicionado que se cierran de golpe. Casi puedes notar el puñetazo de calor y de realidad a sus dueños, que caminan torpemente bajo la canícula. Si suena a tacones puedes imaginar a la mujer que llega a casa de trabajar. Y puedes imaginar el coche. Si te esfuerzas, hasta puedes oler su perfume. Y un poco más allá la ensalada de pasta que ha dejado hecha ayer. Hay en otra casa un teléfono que suena y una dueña que habla con sus nietos en alemán. Porque creo que es alemán. Y creo que son sus nietos. Desde luego hay un tono maternal –todo lo maternal que puede sonar una abuela de Westfalia– en la voz de esa anciana que aún no sabe que lo es. Y luego una bici que pasa. Y una notificación de WhatsApp y un semáforo en verde. Y el autobús cambiando de marcha justo debajo de mi casa, con ese sonido ronco, grave y profundo que se funde con los ronquidos del vecino del tercero. Forman la base rítmica de la siesta y llevan con el pie el compás de las horas lentas.

Y eventualmente aparece una mujer que grita a un hombre en español de América. Es acento caribeño, puede que dominicano, pero desde luego mulato. No sé qué le reprocha, pero lo hace tratándolo de usted. La señora también trata de usted a su gato, a su perro –no sé quien coño es Jerry–, pero cuando abronca lo hace con ese timbre maléfico que tienen algunas mujeres y que los hombres simplemente no podemos soportar. No es una exageración, es insoportable, una frecuencia maldita, una triada diabólica llena de tensiones armónicas que logra que hagas lo que te pide solo por no oírla más. Quizá se trate de eso, de la evolución y sus tambores de guerra. Y una tele encendida en el primero con una de vaqueros, se oyen tiros, puertas del ‘Saloon’ y, sobre todo, se oyen esos silencios de western en los que te torturas pensando qué estará pasando en la pantalla, que lleva más de cinco minutos sin que nadie hable. Y una radio encendida con una tertulia deportiva llena de rumores.

Hay, por último, una ventana que se golpea, creo que hay corriente, qué suerte. Y al fondo un tren que pasa hacia Irún y pita como en los viejos tiempos. Todo se sucede de modo tranquilo, pausado y estructurado. Al otro lado de la ventana, la vida se ordena para la siesta. Y a este, hay un hombre cansado que sonríe.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 30 de junio de 2022. Disponible haciendo clic aquí).