Todo comenzó intentando poner orden en los libros, que campan a sus anchas en cada rincón de mi casa y se amontonan en un caos de provisionalidad, como si estuviera planeando huir del país de un momento a otro. Es algo así como la habitación de un Erasmus, pero sin vegetación. La situación me genera ansiedad, sobre todo porque tengo decenas de libros sin terminar y el número no solo no se reduce, sino que se amplia paulatinamente porque mi capacidad de compra es más rápida que la de lectura. Y eso viene dado porque mis obligaciones con la escritura me incapacitan para leer nada hasta que no he entregado. 

Pero cuando he entregado no quiero leer, solo respirar y mirar al techo, como un escalador que corona el Tourmalet y da las gracias a Dios por haber sido capaz de engañar al mundo un día más. Si compras más libros de los que terminas, la aritmética se encarga del resto. Y llegan los montones en la mesita de noche, en la de trabajo, en la del comedor, en la mesita junto al sofá, junto a la tele, sobre la cadena. En cualquier lugar menos en la estantería. Porque dejar un libro en la estantería es condenarlo al olvido, admitir que no lo vas a terminar. Y como me niego a aceptar mi fracaso, el problema no va a menos sino a más. 

Pero un día decidí coger el toro por los cuernos y ponerme manos a la obra. Para ordenar bien los libros necesito hacer espacio en las estanterías y, para ello, antes necesito sacar de ellas los periódicos, documentos y láminas y llevarlo todo a un archivo. Pero ese archivo necesita un armario nuevo. Y el armario de un lugar adecuado. Y para ponerlo en el lugar adecuado he de quitar una mesa que, por cierto, necesita de sillas a juego, las que hay se han roto y cada vez que viene alguien finjo hacer noche temática de comida india, pero no india de Bombay, sino india como los arapahoes. Y allí nos sentamos en el suelo, pero dentro de contexto. La mesa la colocaré en el lugar en el que hoy hay una cadena de música, una de las grandes, de esas con altavoces como frigoríficos. Y la cadena no sé, al baño supongo. Puede que en el lugar del bidet, que, por cierto, también es otra pequeña biblioteca.

«Mis obligaciones con la escritura me incapacitan para leer nada hasta que no he entregado»

Pero no acaba ahí la cosa: las estanterías también necesitan ser renovadas. Eso implica un nuevo mueble para la tele, lo cual condena el sofá, que parece el lecho de un faquir. Pero para escoger el sofá necesito saber el color de la pintura. Porque, evidentemente, he de pintar la casa, una reforma empieza por ahí. Y la iluminación, claro, sin luz no hay pintura que valga. Y la luz implica repensar la instalación eléctrica. Y eso, la de telecomunicaciones. Rematamos con un nuevo estilo en las cortinas, para que mi gata las destroce sin problema. Y una alfombra. Y un mueble bar, que tengo el vino encima de la lavadora. Y la lavadora, que ya pide a gritos un cambio. Eso me lleva a un cambio casi integral de la cocina. Y por supuesto ya no vamos a dejar el baño sin remodelar. 

Rematamos con un ‘restyling’ de las habitaciones con cambio de colchones incluido. En fin, que yo solo quería ordenar un poco los libros, pero me sale más barato cambiar de casa. Y mucho más sencillo. A mis amigos escritores: por favor, dejad de escribir libros. Al ritmo al que sube la inflación me veo fundando una biblioteca. Y yo, viviendo en un tipi.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 7 de julio de 2022. Disponible originalmente aquí).