Pamplona se ha despertado en una mañana de otoño. Podría parecer que, durante la noche, los pamploneses hubieran empujado el tiempo al ritmo de sus contracciones diastólicas y la velocidad de la tierra se hubiera acelerado tanto como sus corazones. Porque la ciudad estaba para verla.

El ambiente era el de los días grandes y en la ciudad no cabía un alma. La adrenalina estaba presente en cada mirada parcial, en cada uno de esos gritos que se ahogaban en el trayecto del corazón a la garganta y, sobre todo, en esa manera que tienen los navarros de contenerse cuando tienen tantas ganas que ya no pueden más. Se ponen como pálidos. Pero es una palidez sonrosada. Y parece que les da igual, que se quieren divertir, pero poco. Pero nada de eso, son los nervios del que sabe lo que se le viene encima. Y entonces, disfrutan la víspera, pero no mucho. Y se quedan, pero no están. Y te miran, pero, en realidad, están viendo en el chupinazo y, un poco más allá, la Cuesta de Santo Domingo como un purgatorio con el desnivel de las rampas del infierno. 

Como la primera vez

Luego se fueron a la cama, supongo, como en aquella viñeta en la que Oroz comparaba a un padre pamplonés acunando a su hijo la noche del 5 de enero con un niño pamplonés acunando a su padre la noche del 5 de julio. El niño dejaba los zapatos preparados y el padre la ropa, el pañuelo y el fajín. Y ahí sería cuando llegó la lluvia, supongo. Torrencial como un bautismo simbólico

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AFP

Parece que alguien quisiera quitar el pecado original de todos los presentes para que pudieran encarar el inicio de los Sanfermines ya sin mácula, como si fuera la primera vez. Para algunos lo será, de modo literal. La pandemia paró el mundo allá por 2019 y puso Pamplona en pausa. Y detrás, muchas vidas. De algún modo, para un pamplonés San Fermín es el rito iniciático que da paso a la vida social, el paso de la niñez a la adolescencia, de la ingenuidad a las consecuencias, de la bondad absoluta al bien con matices, que en realidad es lo mismo que el mal, pero en grado de tentativa. 

Y ese tránsito se hace de modo gradual. Pero hay una generación que tenía 11 años y que hoy tiene 14. Y otra que tenía 14 y ahora tiene 17. Esas edades están especialmente nerviosas y aceleradas, ansiosas como el corazón de un esprínter cuando se aparta su último lanzador. E igual que la noche ha unido julio con octubre, el acelerón del gigante ha unido el olvido con el recuerdo. Y hoy, por fin, es hoy. Les toca.

Para la mayor parte, sin embargo, es la primera vez, pero solo de manera simbólica. Todos han vivido ya muchos Sanfermines. Pero este, de algún modo, es el primero de nuevo, porque todo es igual, pero todo ha cambiado. Está la misma estación trayendo sin parar trenes llenos de personas de toda España, los mismos aeropuertos repletos de americanos, la misma Plaza Consistorial hasta la misma bandera, el mismo chupinazo, la misma Estafeta en la que no cabe un alma y el mismo pacharán.

Beñat del Coso es un pamplonés que vive en Madrid y confirma mis impresiones. «Estos Sanfermines son especiales. Antes nada cambiaba, lo llamábamos ‘San Formol’, incluso con cierto desprecio. Pero tras tres años te das cuenta que ese ‘San Formol’ es lo único que de verdad te llena. Que es una cuestión de generaciones y que lo que yo hago hoy con mis hijos es lo que han hecho otros antes conmigo. Y queremos que así siga siendo».

Legado y universalidad

Y así sigue siendo. Porque fuera del circuito de jóvenes y de guiris, las familias navarras se juntan en bares y disfrutan juntos, haciendo a los niños de todas las edades partícipes de la fiesta desde el principio. Esto no es una fiesta de mayores en la que los niños molestan, Todo lo contrario, se percibe la universalidad y la sensación de legado. Se trata de que todo siga igual, como dice Beñat, pero en sus ojos se nota que todo es diferente. Se ha roto la continuidad, que es la madre de la tradición. Y la tradición es la madre de la nostalgia. 

Así que la continuidad es la abuela de la nostalgia y, paradójicamente, hoy nace de nuevo para acompañar para siempre a los que se unen por primera vez a la madre de todas las fiestas.

Porque no lo duden, San Fermín es la madre de todas las fiestas. Las Fallas están bien, y las Ferias de Sevilla, de Málaga o de Jerez. Y la tamborrada de San Sebastián, la ‘Aste Nagusia’ de Bilbao, El Pilar de Zaragoza y las fiestas de Valladolid. Todo es fantástico. Pero San Fermín tiene aspectos únicos que hoy se vuelven a hacer presentes en este chupinazo. En primer lugar, la uniformidad. 

El hecho de que toda Pamplona vista de blanco con un pañuelo rojo al cuello como único adorno es una bomba lapa en las clases sociales y en sus símbolos, es decir, en las ropas que se fueron, en las joyas que no están y en los relojes que esperan en el cajón de la mesilla. Y entonces da igual quién seas. Aquí no hay coches en el garaje ni casas en la costa. No hay corbatas de Loewe ni Manolo Blahniks. Solo blanco, rojo y alpargatas

Es la única fiesta del mundo en la que, durante una semana, todos somos iguales. Y como por la noche todos los gatos son pardos, esto supone una ventaja para los mozos, que se dividen entre feos y muy feos, al contrario que las pamplonesas que se dividen entre guapas y muy guapas. El alcohol hará el resto. Y lo que el alcohol ha unido, que no lo separe el hombre. O como dijo el cura que casó a un amigo: «Lo que yo he unido no lo separa ni Dios».

Otro aspecto importante de San Fermín es la fugacidad, esta sensación de que todo lo que ocurre es irrepetible, de que son momentos que se van y no vuelven y, por ello, hay que disfrutarlos con intensidad. De algún modo, es un nacer y morir constantemente. Nacer, morir y renacer, eso es San Fermín, ese contraste, entre la pureza del blanco y el rojo de la sangre, que nos recuerda que la muerte está presente y haciéndonos señas.

O la dicotomía entre el humano y el animal, entre el sol y la sombra, el día y la noche, o entre el malestar total y el absoluto bienestar, entre el pánico y la paz de un ave fénix que renace de sus cenizas cada veinticuatro horas. Y luego los guiris que llenan desde las nueve de la mañana una Plaza del Castillo donde corre la cerveza, el whisky y el vermú. Y en Estafeta, las cuadrillas compartiendo el pacharán, el pan y el vino. 

Y tras una tromba de agua –el segundo bautismo– estalló la fiesta, como diría este Hemingway que hoy me mira desde el Café Iruña. Y estalla de modo literal, no es una forma de hablar, el chupinazo es una explosión que divide el mundo en dos: hay un tiempo antes del chupinazo y uno después. 

A mi me pilla en el Bar Nevada, resguardándome de la lluvia con la familia Apaolaza, que son muchos y ni si quiera son todos familia. Miramos a Unzué en la tele con los pañuelos al aire, como una Nochevieja blanca y roja. Y cuando por fin enciende el cohete y lo oímos explotar en el cielo, el júbilo se desborda, pero es un júbilo extraño. Porque hay alegría, pero todos lloran. Hay felicidad, pero las emociones están tan a flor de piel que hay lágrimas

Ha pasado mucho tiempo, faltan muchos entre ellos y otros, como Ernesto, viven su primera vez. «La última vez tenía cinco años. Hoy tengo ocho. Casi no recuerdo nada más que los ‘chiqui-encierros’. Pero esto de hoy no se me olvidará jamás». Y se abrazan. Y todo ha cambiado de nuevo en los niños de Pamplona, que son tan guapos y tan rubios que hasta lloran bonito.

El miedo y sentirse vivo

Y yo que no vestía de blanco desde el día de mi bautizo, recuerdo que aunque se torea como se es, San Fermín se vive como se quiere llegar a ser. Porque el que sale a abrazar la vida no eres tú sino tu ideal de ti mismo. Estalla el cohete y vuelve el hedonismo, el goce, los abrazos, jugarse la muerte para sentirse vivo, las parejas nuevas que hoy se besan por primera vez, los hedores de las esquinas, las fritangas triglicéricas, los orines de los hombres hormonados y los perfumes de las mujeres limpias. Y el humo y el olor a toros y el miedo.

Una ‘rave’ de dopaminas por la tarde. Un sistema nervioso inestable por la mañana, con la carencia de B12 y la belleza de la demencia neurasténica. Luego vuelta a empezar, con la serotonina, la oxitocina y la melatonina bailando una jota con tus neurotransmisores. Volverán las oscuras endorfinas. Hoy empieza todo. Y un año más hemos vencido a la muerte.

(Este reportaje se publicó originalmente en ABC el 7 de julio de 2022. Disponible haciendo clic aquí)