Hoy es la última ‘Brújula’, de Onda Cero, con Juan Ramón Lucas a los mandos. Esta noche se hará el último programa bajo su dirección y yo no quiero dejar pasar la ocasión para expresar lo agradecido que me siento por la oportunidad que me dio en su momento y que ha renovado cada vez que ha contado conmigo. Los hombres con códigos -y yo soy uno de ellos-, nunca olvidamos quien ha confiando en ti, quien ha creído en tus capacidades, quien te ha apoyado cuando no era tan sencillo hacerlo y quien ha visto algo de luz donde los demás solo veían una confusa y pesada bruma.

Juan Ramón es una buena persona. Y de una humanidad que traspasa los micros. Eso se nota, se percibe, hay cosas en la vida que no se pueden impostar. Es un tipo duro, pero sensible. Una persona contradictoria e interesante, con algo de misterio. Él tiene sentimientos profundos y buenos, yo lo he visto. Y eso no se prepara. Y por eso su radio es así, como él: valiente, amable y correcta. Tranquila, pausada, llena de contenido. No les parezca poco en estos momentos, donde lo que parece primarse es la macarrada, la agresividad y los eructos. Juanra es otra cosa, él pertenece a otra escuela. Y yo he mirado como un niño cada movimiento suyo, he aprendido de su manera de ser y, sobre todo, de su manera de estar. Porque lo suyo es una manera de estar y también una manera de no estar, una manera de mirar al frente y de mirar para otro lado. E incluso una manera de callar. Cada noche que me he sentado en la mesa junto a él me he sentido un privilegiado, una persona cuyo sitio solía estar al otro lado del transistor pero que, gracias a él, se ha sentado en la mesa de los mayores. Y que ha hecho muchos esfuerzos para no traicionar su confianza. Si algo tengo es un sentido de la lealtad y de la vergüenza. Y yo no dejo colgado a quien pone la cara por mí, me cueste el trabajo que me cueste. En esa mesa de tertulia he estado delante de medio millón de personas junto a compañeros como Chapu Apaolaza, David Jiménez Torres, Pablo Pombo, Graciano Palomo, John Muller o Javier Caraballo, entre otros muchos, en las noches de Madrid, de Navarra, de León, de Bilbao, de Vitoria o incluso en la noche fría de mi propia tierra, bajo una cúpula junto al río.

Estoy agradecido por la confianza y por el respeto con el que me ha tratado en todo momento. No todos tienen tanta clase y, aunque lo mío es escribir, tengo claro que no se puede decir que no a ciertos retos. Y más cuando el que te los plantea es él, cuando el que llama es Juan Ramón Lucas y te dice que cree en ti, que ya está, que eres «uno de los nuestros». He tratado de estar a la altura y siento una enorme satisfacción por todo lo que hemos vivido y todo lo que he aprendido en este tiempo. No sé dónde me llevará la vida, no sé si estaré de nuevo detrás del micro, pero la radio es algo mágico que te atrapa, que te engancha a la vida como un cordón umbilical y que te mantiene erguido en una función en directo que empieza y termina cada noche sobre un escenario invisible. Y luego a intentar dormir con el subidón, la adrenalina y la cabeza como un doble bombo. Es la adrenalina pidiéndote lo que te ha dado prestado. Y el corazón como un nudo de doble lazo. Y todo esto porque una vez él me dio una oportunidad.

Los que venimos de campos de tierra, los que sabemos lo que es la irrelevancia, los que hemos estado años escribiendo para nadie, los que hemos pasado horas, días y años lanzando botellas con mensajes que nadie ha recibido, movidos solamente por una extraña sensación de destino, los que hemos pasado media vida esperando una oportunidad, los que en ocasiones solo hemos tenido la fe que tiene el loco, sabemos que, cuando la oportunidad llega, no se puede asumir como lo normal. No, esto no es normal. Es un puto milagro. Lo normal es que nunca llegue. Lo normal es el silencio. Tener un micro y una columna es algo a lo que no podemos ni debemos acostumbrarnos jamás. Que alguien te lea y te escuche es un privilegio y una responsabilidad que nos hace dar cada día todo lo que tenemos. El resto es mediocridad, escribir mal es de una soberbia infinita. La humildad es no levantarte hasta que lo hagas bien. Estamos invitados en una casa que no es la nuestra y estaremos solo mientras los dueños de la casa quieran que estemos. Y luego de nuevo el silencio. Y a morirse con la boca cerrada, como los toros bravos. Pero si estamos aquí, si tenemos esa oportunidad, si alguna vez hemos tenido voz, es porque alguien nos la ha dado, alguien ha recibido la botella, alguien ha tenido fe y ha decidido que somos nosotros, que para delante, que no hay tiempo que perder. Que nos lo hemos ganado.

No sé dónde nos llevará la vida. Pero estemos donde estemos, aquí un amigo. Los hombres que merecemos la pena -y yo soy uno de ellos- sabemos que algunas deudas son eternas. Y el agradecimiento de verdad, infinito. Gracias, maestro.