Yo entiendo que haya que pagar impuestos para sanidad, para educación, para dependencia, para mantener un ejército y una policía, para carreteras e infraestructuras, para el Ave, para que te recojan la basura y para que limpien los montes. Entiendo que trabajadores y empresas paguemos además una barbaridad de dinero cada mes a la Seguridad Social para mantener un sistema público de pensiones que haga digna la vida de nuestros mayores en sus últimos años. No sé qué puede haber más conservador que proteger la vida hasta el final. Y el compromiso real, el que vale, está en la cartera. Como siempre. El resto es humo. 

Yo entiendo todo, comprendo todo, acepto todo y asumo todo. Me parece hasta bien, de verdad. Pero, por Dios, todo tiene un límite. No entiendo por qué tenemos que matarnos a trabajar para dedicar una parte importante del fruto de nuestro esfuerzo a impuestos que se dedican a fuegos artificiales, a cantantes o a difundir el sin duda interesantísimo folklore de Salamanca. Mire, el que quiera ir a ver a Marta Sánchez, que se vaya a un teatro y pague la entrada. 

No entiendo que la socialdemocracia esté pensada para pijadas. Y el que quiera investigar la cultura charra, que lo haga. Y si te gustan los fuegos, pues muy bien, seguro que hay alternativas privadas para disfrutar de tu pasión sin cargo al bolsillo de tus vecinos. Pero no sé cómo hemos podido llegar a aceptar sin rechistar que el estado nos quite el dinero a punta de pistola para dedicarlo a caprichos tan prescindibles mientras la situación económica de este curso se anuncia catastrófica. Una cosa son los derechos y otra los servicios. Los servicios se dan cuando se pueden dar. Los derechos se garantizan siempre. Y no existe el derecho al alumbrado navideño, por ejemplo. 

Yo soy una persona de ‘marketing’ y entiendo bien que la creación de un ambiente de compra es fundamental para que el comercio gane dinero y las ciudades se vean beneficiadas. Pero cuando el gobierno nos pide –creo que con razón– que apaguemos escaparates a las diez de la noche, cuando pide un esfuerzo al sector privado para no gastar tanta energía y poder ayudar a controlar la dependencia de Rusia en un entorno de guerra y en vísperas de un invierno crudo, no podemos ver en paralelo al alcalde de Vigo anunciando que empieza ya en agosto a poner no sé cuántas luces para Navidad. Porque, en ese caso, el sector privado –las empresas– ya no están ahorrando energía y sacrificando sus intereses económicos –su visibilidad– para ayudar al estado a controlar la dependencia energética y ahogar a Putin para salvar a los ucranianos. No. 

En este caso, con todas las ciudades de España gastando luz a lo loco desde noviembre, lo que estamos haciendo es pedir al sector privado que no gaste para que lo gaste en su lugar el sector público y no en sanidad, educación o cosas serias, sino en Rudolf el reno. Estamos en guerra. Porque la guerra energética es un tipo de guerra. Vienen tiempos duros. Y si el Gobierno pide con toda lógica esfuerzos a la sociedad, ha de empezar por tomarse en serio la alarma que ha transmitido y poner cabeza, racionalidad y seriedad. Va a morir gente de frío. Y mientras tanto, como es costumbre, nosotros gastamos todas nuestras energías en incoherencias y guerritas domésticas. Pónganse a trabajar en un plan serio. Que hay niños mirando.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 4 de agosto de 2022. Disponible haciendo clic aquí).