Los pinares de Roche están en Conil de la Frontera, pero podrían formar parte de Macondo, de Comala o de cualquier otro lugar sagrado del realismo mágico sudamericano. De hecho, aún no estoy completamente seguro de que esto no sea Sudamérica. Este paraje da cobijo a paseantes misteriosos, a ‘runners’ mitológicos y a ciclistas con pinta de torero. Hay más caballos que en El Rocío y el ambiente tiene polvo suspendido, un polvo como de dictadura socialista que acoge una interminable conversación de perros que ladran a cualquier hora del día. Y de la noche. Porque esa es otra, estos pinares forman un conjunto natural interesantísimo, pero no menos interesante que su conjunto animal. O que el sonoro. Especialmente a las cuatro de la mañana, cuando los perros ladran, los gallos anuncian un nuevo día que solo existe en su imaginación y en su recuerdo, los búhos hacen lo que solo Dios sabe qué hacen los búhos –ululan, creo– y los mosquitos se montan un parque de atracciones en mis extremidades. Unos se despiertan a otros, hay zorros que hacen el agosto, aves que no distingo, camaleones y aullidos de bichos que parecen coyotes pero que, seguramente, solo sean señores de Madrid pasaditos de ‘Palo cortado’. Porque en Cádiz no hay coyotes. Ni en Madrid ‘Palo cortado’, si quitas ‘La Venencia’, en Echegaray, que es el único lugar de España que muestra la vida tal y como era, es decir, tal y como queremos que sea, cuando la última moda vuelva a ser salir de casa sin móvil y refugiarse en el silencio de otra época. No tengo duda de que lo veremos.

Lo que sí que hay en Conil es un desorden maravilloso, un desorden conceptual que por más que intento analizar y estructurar, no se me logra. No hay respuesta al caos. Ni la tiene que haber, Cádiz nos gusta así, encantadora, desastrosa y extrema. El que quiera otra cosa tiene muchas opciones, pero la naturaleza en Cádiz manda, no admite doma y lo mismo te aparece un arenal, que una marisma, lo mismo te topas con el océano que con una sierra, lo mismo te comes una cabra que un escualo. A medio camino entre el lumpen y el pijo, Cádiz en agosto es un hallazgo constante donde la única constante es el eclecticismo y los atascos. E igual que hay restaurantes de lujo, hay chiringuitos de puerto; igual que hay carreteras rectas y amplias como la banda derecha del Bernabéu, hay caminos que se enroscan en sí mismos y que te llevan a ninguna parte. Como el amor. Y del mismo modo que hay ciudades milenarias, tienes urbanizaciones nuevas, como esta misma, si es que podemos llamar urbanización a un conjunto de cortijillos sin pretensiones, muy cercanos unos a otros, entre caminos de tierra y que forman algo así como La Moraleja, solo que al revés. Representa exactamente lo contrario. Quizá lo deberían llamar ‘La Introducción’. Es posible que la urbanización naciera ya con pinta de vieja, de leyenda –como Mágico– y con las paredes encaladas de blanco y sombra, para que el sol vaya a morir formando un amarillo viejo y brumoso. El ambiente tiene cataratas en los ojos, la realidad tiene un ‘grano’ como de película antigua. Y yo creo que se me ha metido el albero en el alma. Y probablemente en el estilo.

Y luego está la playa. Me he venido a ‘El Palmar’, que ya es Vejer. Al otro lado, Chiclana. Al frente, África. Y en el centro de esta desdicha populista yo pasando calor para que no me llamen mal padre y para que la niña sea feliz unos días, aunque una niña de doce años no existe, a veces es una de seis y a veces una de dieciocho, es una media aritmética formada por la misma incomprensión, pero en diferentes niveles de madurez. Y aunque la mires fijamente nunca sabes a quién te vas a encontrar, si a la que quiere hacer castillos y abrazarte o la que está a semana y media de pedir la legítima y fugarse con un trapero. Y un gitano que grita que tiene «el xuso de crema, la bomba de Nutella, la napolitana de ‘shocolate’». Y yo le pregunto si no tiene «el ‘cartusho’ de arsénico, el ‘botesito’ de cianuro, la ‘miajita’ de polonio» y acabamos con todo esto de una vez, que esto de la playa no es lo mío y se me hace largo. Y tras varias horas de sufrimiento y calor, directo al chiringuito ‘El Cortijiyo’, a olvidar las penas mirando a Tánger. Con una niña de edad imprecisa, a la que calmo sin que se entere. Exactamente igual que Cádiz hace conmigo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Contra el verano’ de ABC el 7 de agosto de 2022. Disponible haciendo clic aquí)