La Vuelta a España ha arrancado en Holanda y me parece bien. Hay que recuperar las provincias rebeldes, actuar con la misma normalidad que si el pelotón pasara por Toledo y no dejar que se suceda un solo día sin honrar la memoria de los Tercios. Y no me refiero -solo- a los de Mahou. Al fin y al cabo, si algún tarado considera que Alicante son los ‘Países Catalanes’, yo tengo muchos más motivos para afirmar que Utrecht son los ‘Países Castellanos’. Y mucho más aún Breda, por donde La Vuelta pasa hoy. Por cierto, en Breda estuve con mi hija hace tres veranos -lo que hace uno para no salir de Castilla-, viendo esa ‘Spanjaardsgat’ o ‘Puerta de los españoles’, por la que Spínola dejó salir con honores militares al todo el pueblo tras un sitio de varios meses, consiguiendo tomar la ciudad sin una sola baja en el bando flamenco, sin saqueos y sin humillaciones. Y allí aprovechamos para hablar con sus gentes. Recordemos que este es el epicentro de la leyenda negra, el núcleo de los Oranje-Nassau. Pues, para mi sorpresa, no sólo nos trataron sin un ápice de odio o recelo sino con total respeto e incluso cierta fascinación. Un cierto honor que algunos se sepan la historia real y no la inventada. Nos dijeron que llevaban sin ver a un español desde Isabel Clara Eugenia y nos abrieron el ayuntamiento por el mero hecho de venir desde España para que pudiéramos ver la réplica de Las Lanzas que allí conservan. A la vuelta fuimos al Prado a ver la misma escena, pero en su versión original. Y allí tuve mi primer ‘Stendhal’, delante de Velázquez, de Spínola, de Felipe IV y de mi hija. Se me cayeron las lágrimas, lagrimas calladas y serenas, lágrimas de hombre contenido. Las lágrimas que se le caen a un padre de la mano de una niña. Supongo que fue el respeto a mi gente, a mis antepasados, a nuestra historia y a lo que este pueblo ha sido. Espero que mi hija nunca lo olvide. Yo no lo haré.

En cualquier caso, si La Vuelta a España empieza en Holanda, por idéntico motivo debería acabar escalando el Machu Pichu. O quizá con una contrarreloj en Manila, no sé. La Vuelta a España en tiempos de Felipe IV sí que era algo serio. Aunque también podría empezar aquí, en este Bierzo en el que me encuentro pasando el fin de semana. Porque ha querido Dios y mi acompañante que mi regalo sorpresa fuera subir en coche a los Montes Aquilanos, en el corazón de El Bierzo, por carreteras de cabras y a 2000 metros de altura. La cosa no tendría nada de especial si no fuera porque tengo miedo a las alturas, a los coches y las carreteras de cabras, así que todo bien. Aunque, en realidad, he de aclarar que no tengo miedo a las alturas sino a caer desde las alturas, lo cual me parece una postura darwinistamente impecable.

En cualquier caso, no fue para tanto. Llegamos finalmente a Peñalba de Santiago, que es oficialmente uno de los pueblos más bonitos de toda España. Y no seré yo quien contradiga su fama: mi miedo valió la pena. Ese pueblo de quince habitantes a media hora de la civilización y muy cerquita del cielo es una joya inenarrable y emocionante, una especie de aldea de Astérix conservada como si no hubiera pasado el tiempo. Entre otras cosas porque sus habitantes así lo han querido, se han apeado del mundo y del progreso para vivir en estos valles, conservándolos y protegiéndolos como lo que son: su bien más preciado. Su iglesia mozárabe se terminó de construir en el 937, o sea que quizá se comenzara antes de que naciera el propio Reino de León con García I. Es decir, en tiempos del Reino de Asturias, es decir, la primera fase de la Reconquista. 

Y si Breda para un castellano es emocionante, estas zonas de León lindando con Asturias y con Galicia no lo son menos: estas montañas son nuestro origen, estos pueblos son el principio de todo y estas iglesias de repoblación del prerrománico leonés son la madre de todo lo que viene después. Y merece un respeto. Quizá por ello todos los años en verano venga a León. Este año Santiago de Peñalba, Ponferrada y el Palacio de Canedo, otra joyita de la historia y la gastronomía nacida entre piedra y madera, entre viñas y pallozas.

Lo mejor no es estar aquí. Lo mejor no es superar los miedos. Lo mejor ni siquiera es homenajear a nuestra sangre y ver con los ojos lo que hemos visto antes en los libros. Lo mejor es el sentimiento de complicidad que te une a toda la gente de este hotel que, pudiendo veranear en cualquier lugar del mundo, elige venirse a El Bierzo, elige respirar, huir de la vulgaridad tercermundista de las masas, elige comer, beber, rezar, leer y parar el reloj. Y es que, al final del todo, quizá no nos defina tanto aquello a lo que decimos sí sino a aquello a lo que decimos no. Y en esa elección descansa el verdadero propósito de toda una vida.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Contra el verano’ de ABC el 21 de agosto de 2022. Disponible haciendo clic aquí)