En 2015 las encuestas aseguraban que Podemos había adelantado al PSOE y al PP, aunque hayamos decidido olvidarlo para restarle importancia. Solo la inteligencia de Rajoy fue capaz de impedir que la amenaza se hiciera realidad en las elecciones de 2016. El entonces presidente decidió asegurar los derechos sociales recogidos en la Constitución en lugar de plegarse a las peticiones populistas que le exigían bajar impuestos en medio de una crisis gigantesca. Haberles hecho caso no solo habría cargado a Podemos de votos sino, sobre todo, de razones. Porque la gente tiende a ponerse nerviosa antes de morirse de hambre, qué cosas. Sin embargo, Rajoy fue capaz de tomar decisiones racionales y objetivamente buenas, aunque fueran impopulares. Y salvó a España de un rescate que parecía inevitable. Eso es lo que se espera de un gobernante serio y de derechas. 

Desde entonces Podemos se ha ido desinflando y pronto llegará a la marginalidad que les corresponde ‘in natura’. Estallará en mil pedazos insignificantes y morirá el partido. Pero no su legado: nos guste o no, Iglesias es una de las personalidades políticas más importantes del primer cuarto del siglo XXI en España. Su influencia es enorme. Para mal, claro. Pero lo es. No solo ha sido capaz de cambiar el escenario de la izquierda, no solo ha dado una patada en el tablero de su espectro y no solo ha cogido de las solapas a la mitad de la sociedad con sus consignas de parvulario, sino que ha sido capaz de poner patas arriba también las ideas de la otra mitad. Y hoy vemos cómo en la derecha se asume parte de su discurso. 

Podemos ha puesto un huevo en la cabeza del enemigo y allí ha anidado una visión de la que es difícil salir: el victimismo, la ausencia de responsabilidad individual para comprender las situaciones particulares, las soluciones fáciles, las recetas mágicas, los enemigos invisibles y, sobre todo, la sensación generalizada de que el resto de la sociedad te debe algo. Les han hecho creer que vivir bien no es el objetivo de una vida sino lo mínimo garantizado y que tener un trabajo bien remunerado, casa, coche, familia amplia, treinta días de vacaciones, tardes libres y salir a cenar cada semana es lo normal.

Pues no, no es normal y nunca lo ha sido. Hay que trabajar mucho y durante mucho tiempo para optar a llegar ahí algún día. Pero de tanto escuchar la basura intelectual del 15-M, algunos se han creído que el bienestar no es estación de destino sino de partida. Muchos no son de izquierdas –incluso la desprecian–, pero creen que la derecha es eso que se limita a combatir las bobaditas ‘woke’ y a poner la bandera en el balcón. Pero no, no se puede ser de derechas y ver el mundo como la izquierda, cuestionar el sistema, ver el IBEX como el enemigo y sentirse el antagonista de las ‘élites’ que ellos aspiran a ser y que, de hecho, exigen ser. Si hasta la derecha ve el mundo como Podemos, me temo que Iglesias no ha perdido. Podemizar la sociedad habrá sido su gran victoria. Y quizá la única.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 22 de agosto de 2022. Disponible haciendo clic aqui).