He oído a Igea decir que Castilla y León se está convirtiendo en una comunidad de ‘Manolas, encierros y sacristías’ y he dado un respingo que casi se me cae encima el café descafeinado con leche de soja templada que tenía en las manos en ese preciso momento. Ha sido un respingo tipo tabardillo, algo eléctrico, como una metáfora. Algo parecido al reflejo del martillazo en la rodilla, que sueltas una patada al aire que ni Roque Mesa. Y, como en las películas, me he quedado mirando fijamente a un punto imaginario que está situado arriba a la derecha de la sala, en la esquina esa de la moldura. Y me he puesto a soñar en un formato onírico, como si la imagen temblara un poco, que, la verdad, solo me faltaba una nubecita saliendo de mi cabeza con los globitos de pensar para parecer un cómic de Ibáñez. Y he visto la columna clara. Y se me ha se me ha alegrado el corazón de repente, fíjate. ‘Manolas, encierros y sacristías’: eso es exactamente lo que quiero. Y, además, en ese orden. Pocas cosas más elegantes que una mantilla. Y pocas cosas más españolas. Pocas cosas más ancladas a nuestras tradiciones que la Semana Santa, que nos recuerda lo que fuimos, lo que somos y lo que vamos a seguir siendo. Nos gustan las procesiones, nos gustan las cofradías y nos gustan las marchas. Y las torrijas y el potaje de vigilia y una sombra que lo cubra todo, esa sombra contrarreformista y silenciosa que trae el viento frío cada Viernes Santo y que rompe el velo del Templo y el termómetro de las terrazas. Y las Manolas junto a la Virgen. Las hay de todo tipo, pero cuando ves a una Manola guapa -créeme en esto- el corazón se te reconcilia con la vida. Y con la muerte.

Y las sacristías, Paco, qué cosa más bonita, por Dios, que huelen a barrica de Jérez, a Cinzano 1757, a madera vieja y húmeda, a termita y a armario con casullas borgoñonas. Y a vino de misa y a pan ácimo y a libros antiguos con las hojas a punto de desintegrarse y a partida de bautismo y a archivo diocesano. Y la luz mortecina de la infancia entrando por el ventanuco. Ay, qué maravilla. 

Y los encierros, claro. No hay nada que nos guste más que los encierros. Porque donde hay encierros hay libertad y gana la razón a la barbarie sentimentalista y blandurria de los totalitarios. Somos vacceos, viejos iberos retando a la muerte en el campo, en la calle y en donde nos toque. Y el día que se nos olvide habremos muerto como pueblo. Habremos perdido la dignidad de nuestros antepasados y esta visión del hombre que cambió para siempre el destino de la humanidad. Como decía Chesterton, tras el ideal de tratar a los animales como si fuesen humanos, se esconde el secreto anhelo de tratar a los humanos como si fuesen animales. Pero ese es otro tema.

‘Manolas, encierros y sacristías’: eso es lo que somos. Somos más cosas, sí, pero también eso. Y desde luego no es propiedad de nadie, mucho menos de la derecha, a no ser que se lo regalemos, como hemos hecho con Villalar a la izquierda, un regalo por incomparecencia. Pero esto no, la fe y la tradición es de todos, de la derecha, de la izquierda y del que la reclame. Y lo es la popularidad del sentimiento religioso, que trasciende lo espiritual para llegar a lo cultural. Y es de todos también la tauromaquia. Y el vino y el mus y los pinares. Y la bandera y los buñuelos y los níscalos con patatas. Y el otoño y el lechazo y las acerolas. Y como es de todos no quiero regalárselo a nadie. Sí por mi fuera llenábamos la comunidad de centrales nucleares y de casinos, es cierto. Y obligábamos a los niños a ir al Museo Naval de Madrid y a El Escorial y a Cartagena de Indias, para que se enteren de una vez de quiénes son y de dónde vienen. Pero sin renunciar a nada. Creciendo desde abajo. Desde dentro. Desde ese triunvirato genial: ‘Manolas, encierros y sacristías’, que es ya el nuevo ‘Sexo, droga y rock and roll’. Estoy por hacerme una camiseta.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 1 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).