En Valladolid somos tan chulos que pasamos de honrar a San Mateo a honrar a la Virgen de San Lorenzo y nos da exactamente igual. Vamos, es que ni siquiera nos da igual. Directamente lo preferimos. Tenemos menos apego que un media punta brasileño, de verdad. Y lo mejor de todo es el motivo que nos dieron por entonces, que era puramente climatológico: a principios de septiembre hace mejor tiempo. Pues vale, pero ya puestos podíamos haber elegido San Roque, San Isidro o, por qué no, San Fermín. De cualquier modo, la realidad es que aquello fue un exitazo y la polémica del cambio duró exactamente lo que tardamos en salir a la calle y ver una ciudad volcada con una alegría inusitada y desconocida hasta entonces para nosotros, que somos más secos que la tablilla de un coto.

Porque antes del cambio, las fiestas de San Mateo eran algo insulso, frío y oscuro, algo puramente circunstancial escondido entre las primeras lluvias, el viento en la nuca, la chupa vaquera con los cuellos subidos y esa maldita sensación de tener clase el día siguiente. Así que nada de nada. No había fiestas. Bueno, había teatro y toros para el que quisiera, pero los chavales nada. Carruseles y ‘La Unión’ en la Plaza Mayor, que yo creo que vinieron todos los años. Y un poco después las casetas regionales en La Rubia, en aquel descampado que en el mapa ponía ‘Aquí hay dragones’. Porque allí terminaba el mundo. Ni Covaresa ni Parque Alameda ni leches. El mundo acababa en la Casa de Andalucía y el infierno olía a rebujito. Y de allí volvíamos en el 2 como piojos, con un Ribeiro en una mano, medio bollo preñao en la otra y un lucky en la boca. Estábamos para vernos.

Pero algo sucedió allá por 1999, Javier León mandó a Alberto Gutiérrez Alberca a Málaga y aquel viaje cambió para siempre el destino de nuestras fiestas. Yo creo que Alberto vio la tierra prometida como Moisés, el tío mutó en Baruc y comenzó a hablar como Jeremías. Me lo imagino entrando en el despacho de Javier León y me da la risa: «Hola Alcalde, mira, que he tenido una epifanía y que vamos a cambiar las Ferias porque unos días antes hace cinco grados más y la gente va a beber en la calle, como un botellón pero en limpio». Hay que tenerlos cuadrados. Pero, coño, que Alberto tenía razón. Y allí apoyó todo el mundo, Fernando Pérez, Alfonso ‘Don Bacalao’, Bolaños, Ángel Velasco, comerciantes, taurinos. Y cambio de fechas, Feria de día, Partydance, pañuelo al cuello y explosión de las peñas. Y nada volvió a ser igual. Yo me hice de la Peña Koala, que a cambio de 3000 pesetas nos dio barra libre de todo para siempre. Acabó cerrando, claro. Algún día hablaremos de ese bar y de ‘El Jesu’, que me dieron momentos estelares de una primera juventud. Pero no hoy. Después llegó la peña ‘El Desliz’. Y eso sí que era Sodoma y Gomorra, claro, el apocalipsis según San Juan, la venganza de San Mateo, una salvajada de la que creo que aun no me he recuperado. Salíamos todos los días y todos los días a machete, sin contemplaciones. Hubo un año que me anudé el pañuelo tan fuerte que no me lo pude quitar y me pasé diez días con él puesto hasta para ducharme. Una escena lamentable. 

Pero fue divertidísimo, una especie de viaje iniciático hacia el lado oscuro, pero sin lo oscuro. Las primeras ediciones en este formato fueron claras, cristalinas y apoteósicas, un festival interminable lleno de amigos, de risas y de amor. Porque también hubo amor. Y de aquellos polvos vienen estos lodos y ahora somos señores mayores con hijas preadolescentes que renegamos de las peñas y de los peñistas con una lamentable actitud de fariseo. Y me hace mucha gracia, es divertido ver cómo aquel chaval que tenía por costumbre tirarse un cachi de calimocho por encima a todas las horas en punto ahora es un pulcro y refinado esteta. Y ese otro, que se ligaba cada noche a una diferente, hoy dice no sé qué pijadas de la hipersexualizacion de la sociedad. Y el de más allá, que se gastó 1200 euros en whisky en las Ferias de 2001, habla de que la gente bebe demasiado y que la juventud está perdida.

Y los ves despotricando de las ferias con el gesto torcido y ese punto de hipocresía que la edad aporta al vicio, evitando las casetas, bordeando la ciudad por una ronda exterior imaginaria para que el blanco nuclear de su camisa no se vea perturbado con la mácula del olor a derrota que tiene el alcohol cuando no es tuyo. Nuestro tiempo pasó. Ahora es el turno de esos jóvenes vigoréxicos que te llaman ‘señor’ como quien lanza guadañas. La noche –como la tierra– de quien la trabaja. Pero ojo, que la mañana también. Y esa sí que es mía. Nadie me quita la superioridad moral que da la colonia Petit Cherie, el olor a recién duchado, la soberbia que da pasear ‘El Norte’ y una barra de pan por las calles recién pintadas, con el frescor que trae consigo el tedio, buscando controles de alcoholemia para mostrar con orgullo tu ‘cero-cero’, sabiendo que la chica esa que ayer te llamaba señor aún no se ha acostado y viendo a las mangueras del servicio de limpieza –los amo– expiar el pecado de todo Israel con su bautismo a presión.

Yo ya veo las ferias como uno de esos libros de ‘Elige tu propia aventura’ en el que has vivido muchas veces todos los finales. Quedan otras ferias, es verdad, las de toros, teatro y restaurante; las de ese ocio adulto, sensato y responsable que no hay Dios que soporte porque, en el fondo, lo que queremos es volver a mirar a la noche a la cara, sabiendo que no tiras con balas de fogueo sino con balas del calibre 300, como antes, y que cada noche no es, como ahora, la posibilidad de una resaca como la playa del Sardinero o un homenaje a la primera ministra de Finlandia, sino la posibilidad de un amor intenso e improbable que se hará inolvidable en octubre y terminará congelado con la primera cencellada. Las Ferias vienen a recordarnos que no somos más que aquellos chavales con la vida por delante, que el desencanto es un disfraz, que todavía el corazón late y que mientras haya septiembres volveremos a disolvernos en ese territorio de gente que dice ‘motomami’. Y reclamaremos, por derecho, el cetro de poder y el monopolio de la esperanza. Como dicta el instinto, como marca la vida. Y termino ya, que se me acaba el espacio y veo que no llego a las casetas.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 3 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí)