
No puedo echar nada en cara a los que piden el indulto a Griñán por el hecho de ser sus amigos. No solo me parece una razón suficiente sino, quizá, la única aceptable. Desde luego yo lo haría por los míos, bien fueran prevaricadores, malversadores o cosas peores. La amistad es buen motivo para renunciar a la coherencia como el amor lo es para renunciar a la realidad. Y por eso me sirve como causa, porque es irracional, ni siquiera intenta alegar un motivo más allá de la apetencia despótica y del egoísmo arbitrario de los afectos. Al estar alejado de lo cognitivo deja de operar en lo real para operar en lo simbólico. La petición de indulto, así, es una trama parecida a la de los ERE, pero sin delito, es decir, amigos ayudando a amigos a evitar la ley para obtener un beneficio personal, que no es otro que poder dormir sin convertirte en ese mierda que deja tirados a los suyos cuando más lo necesitan, que es cuando no tienen razón.
Me preocupa más los que hablan desde la racionalidad y aducen motivos espurios que surgen como un hilillo de baba que va a morir al pesebre, es decir, los que dicen que esto de Griñán no es corrupción ya que no se ha lucrado personalmente. Esto es discutible, los gobiernos del PSOE han robado 700 millones de euros a los parados andaluces para crear una red clientelar y desviar fondos a personas y empresas afines al régimen con el fin de perpetuarse en el poder. Si eso no es obtener un beneficio personal y un lucro evidente, que venga Dios y lo vea. Y desde luego tienen razón en que no es lo mismo eso que robar para quedártelo: es mucho peor. El que utiliza fondos públicos para enriquecerse es un ratero, un pillo, la picaresca trabajando desde el grado más básico del mal, el menos sofisticado, el atavismo del avaro, el subsuelo del delito, la pulsión tribal de supervivencia, el salvajismo del golfo mal insertado en sociedad. En el fondo, hambre. Y cabe recordar que no hay peor hambre que el hambre moral. Pero desviar fondos públicos para ganar poder político es infinitamente más grave, es un grado superior del mal porque es robar para adquirir privilegios desde los cuales tener el poder de legislar, de dirigir voluntades, de representar legalmente desde las instituciones y poner la democracia al servicio de los fines del partido.
Y en este sentido, hay algo todavía peor que robar al pueblo, que es dar un golpe de estado contra el mismo, quebrantar la legalidad para romper el orden constitucional y ponerse por encima de las leyes, es decir, por encima del pueblo del que emanan. Es decir, ser un fascista, te llames Tejero o Junqueras. Así que la degradación moral también tiene grados: lo de Griñán es más grave que lo de Bárcenas, pero menos que lo de Puigdemont. La escala de infamia que a mí realmente me preocupa no es la de delincuentes sino la de abajofirmantes. También ahí hay grados: el que pide el indulto por amistad solo puede ser un buen tipo. Pero el que lo hace por convencimiento solo puede ser un cretino.
(Esta columna se publicó en ABC el 26 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aqui).