Por algún motivo, los grandes bebedores acaban eligiendo tragos que saben mal, a etanol, a humo, a hiel sin adjetivos ni concesiones. Todos saben que lo que está bueno de verdad es otra cosa, pero ya se han pasado el juego, se lo han bebido todo y sus esquemas mentales son diferentes. No buscan buenos sabores, necesitan algo más, algo distinto que no se encuentra en la mediocridad del sabor del ron dominicano. Por eso salen del espectro del sabor agradable para quedarse a vivir en los márgenes, pidiendo cosas tan horribles como el ‘dry martini’ –tres partes de ginebra y un minuto de silencio–, tan seco y tan amargo como el lunes de un pastor.

Nuestros reaccionarios actúan de modo similar. Al despreciar la aspiración de libertad y ridiculizar la necesaria tolerancia de los que pretenden convivir en paz, lo que buscan es beberse delante de todos nosotros un chupito de cianuro, como Slobodan Praljak en aquel tribunal. Quieren destruir el sistema sin proponer uno mejor, porque no lo hay. Pero da igual, el rebelde neopuritanito lo ha sido todo, lo ha leído todo y lo ha comprendido todo, lo que, evidentemente, es lo mismo que decir que no ha entendido nada. Y ahora se limita a tocar la lira y los huevos mientras ve el mundo arder. Necesita más. Y para dejar claro que no lo busca en el mismo sitio que usted, renuncia a los consensos como el adolescente se pone un imperdible en la nariz o se toma el frasco de pastillas. Critica los derechos humanos, la democracia liberal, el sistema de partidos, los acuerdos plurinacionales, la igualdad de derechos, el sistema parlamentario, la igualdad de la mujer, los acuerdos de defensa, la conservación del planeta, la libertad sexual y hasta la búsqueda de prosperidad económica. Y, como siempre sucede con los zelotes, su manera de creer en Jesús es despreciar su mensaje.

Solo hay algo más coñazo que un ‘woke’: un ‘antiwoke’, ese que, para dejar claro que no está de acuerdo con los excesos de los tontainas progres, hace un ridículo de igual intensidad, pero en sentido contrario. O no tan contrario, ahora resulta que para oponerse a las pijadas anticapitalistas de la izquierda se convierten en anticapitalistas de derechas, hablando del globalismo y de oscuras élites financieras como lo haría un antisistema con un cóctel molotov por las calles de Bolonia. Hablan del poder corporativo de un modo tan delirante que apuntan a Matadero o Tabacalera. No es que no les valga la democracia, es que no les vale ya ni Occidente. De hecho, algunos aman tanto a Rusia que, como diría Pablo Und Destruktion, acabarán en Moscú «llorando a moco tendido encima de la momia de Lenin». O de Putin. Se quejan de que todo lo que se sale del ‘consenso progre’ es tildado de fascista, obviando que lo que en realidad quieren decir es que todo lo que no sea de algún modo fascistoide es, para ellos, algo ‘progre’. Empezando, por supuesto, por la libertad. Y nos llaman, por eso, liberalios. Permitidme entonces que yo les llame simplemente cafres.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 3 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).