Ha abierto un bar nuevo en la Plaza Mayor y por poco tenemos que instaurar un día de fiesta y comenzar una peregrinación masiva a Triana para agradecer que no sea una franquicia más. Muy al contrario, se llama ‘Los Pericos’ y a los tipos les ha dado por poner azulejos blancos en las paredes y un mostrador de mármol de los de aporrear cañas y lo han impregnado todo de cierto aire cañí, con cocina españolaza y un costumbrismo perezgaldosiano que da gusto verlo. Le falta un capote firmado por Morante y una foto con Julio Iglesias en una esquina, pero denles tiempo. Este tipo de establecimientos comienzan a ser ‘rara avis’ en una ciudad donde el bar y el comercio tradicional tienden a la desaparición y todo está tomado por una estética a medio camino entre la peluquería canina y el lobby de hotel y por un ambiente como de haber sido diagnosticado de anemia el miércoles pasado. Entiéndanme bien, que yo estoy encantado de que llegue inversión y que esa inversión cree empleo y riqueza, se llame como se llame y venga de donde venga, incluidos fondos buitres, venelozanos corruptos u oligarcas rusos, de esos de cuya existencia no te enteras hasta el día en el que se resbalan desde el piso cuarenta y tres de una torre en San Petersburgo, que, la verdad, la cosa empieza a recordar a ingleses sonrosadotes que hacen ‘balconing’ en Magaluf pero con saludos cariñosos de la KGB. 

La cosa es que hoy la calle Santiago podría ser la calle comercial de cualquier ciudad media europea, con las mismas marcas, las mismas dinámicas y las mismas caras lánguidas en la cola de pagar, que tiene la misma pinta que la cola para embarcar en un vuelo a Tenerife y que, además, es la misma cola que la de devolver, en una ambivalencia y practicidad demasiado extraña para un vallisoletano, que a devolver lo llama ‘descambiar’ y que a lo que está acostumbrado de verdad, de modo natural y como base estoica de su existencia es al desprecio y maltrato por parte de la dependienta en cuestión, que tiene más ‘auctoritas’ y más ‘potestas’ que un Guardia Civil con bigote en un control en las afueras de Rentería. Aunque en realidad hay mucho mito en eso de la mala leche, la cosa ha cambiado mucho y se ha equiparado a cualquier otra ciudad, donde el trato es ya igual de displicente, para qué engañarnos. 

Pero qué maravilla eran esos comercios de antes, esos paraguas comprados en Valente o en Pelayo que duraban toda la vida si eran de mujer o apenas día y medio si eran de hombre. O los guantes acolchaditos y confortables de Guante Varadé o de Teo, que daban un calor especial, un calor como de anuncio de Burberry’s en la campiña de Cambridge, pero sin salir del secarral. Mi madre me llevaba a comprar ropa a Casique, en López Gómez, que tenían una tabla de madera con un tope móvil para averiguar tu talla de pie. Y creo que, desde entonces, no he vuelto a saber mi talla de nada. Si me preguntan les digo que llamen a Casique, que saben mis medidas.

Creo que sigue en marcha Mentaberry, pero no El Paraíso del plástico, que tenía un olor que siempre he confundido con el olor a la mañana de Reyes. Entrabas por la puerta y sentías de modo inmediato el olor químico de la ilusión, que es una mezcla de azufre sulfuro de dimelito y de roscón. Yo lo registraría, no sé si hay un Pantone de olores. Pero si lo hubiera, deberíamos registrar también el olor de los supermercados La Gloria, que era tan caros como Harrod’s pero que pillaba tan cerquita que era difícil resistirse. Con La Gloria, por cierto, me pasaba como con el tomate y la mermelada Helios, que cuando veo los tarros en el súper me sale de dentro un nacionalismo excluyente a lo paletazo catalán que obnubila mi criterio y que me impide que pueda comprar otra marca que no sea esa, cueste lo que cueste. Lo contrario sería trabajar para el enemigo. El mismo sentimiento tengo cuando estoy en un restaurante fuera de Pucela y me traen la carta de vinos, que si no pido Ribera me entra un microinfarto y cortocircuito ahí mismo, delante del sumiller. Yo entiendo que el Somontano, el Jumilla y esa botella tan interesante que usted me cuenta del Bajo Moncayo están fetén, pero entiéndanme, que es que no puedo. No es lo que quiera, es lo que soy.

No sé si sigue Coque, pero sí Maro Valles, que es lo más cerca que he estado del concepto de patria. Y recuerdo Glendor, Soler, Zuasti y Rayo o ir con mi padre a comprar a Casino, a Braun y a Sandro de modo compulsivo y circular. Qué decir de Risko, de Junko e incluso de Bronko. O Maga, o el Salón Ideal. Y las librerías Meseta y Santarén, o Lara y Miñón, cuyo ‘ex libris’ recuerdo perfectamente. Hablando de ‘ex libris, me he diseñado uno con mi apellido, una cruz y un castillo, que son las únicas cosas que me representan junto con una trincherilla de Rafael de Paula que no he sabido plasmar. Y lo he puesto todo ello en un diseño que ya vive en un sello automático que me han hecho en ‘La Nacional’, otro lugar mítico que sigue vivo.

Siempre me asombró que hubiera un negocio como El sanatorio de las plumas, hasta el punto que pedía que me regalaran plumas solo para poder llevarlas a que las arreglaran en ese cuartucho como de cuento de los hermanos Grimm, con un hombre que se parecía a Gepetto pero sangrando tinta china. Lo mismo que Boal y su profesionalidad y pulcritud extrema en materia de papelería en la calle Gamazo. Y a lado del Sanatorio de las plumas, los Juanitos, que es el Taj Mahal de las mercerías y que cuando voy a pedir cosas que no sé cómo se llaman, Estefanía me mira con la misma mezcla de compasión y cariño con el que miro yo a un cachorro de Bulldog perdido en medio de San Benito. Y El Fumador Club. Y las telas de La Esfera o Simeón. Y la mantequería York, Discos K o Foxy, la ferretería Rahor y la tienda de Deogracias, que ha vuelto a renacer últimamente y que lo mismo te da una pintura plástica para el baño que te acaba con una plaga de insectos. Y el bacalao de Heras. Y, en fin, todo lo que se nos ha ido. Pese a la melancolía y la idealización del pasado, todo ha ido, por lo general, a mejor. Pero no me digan que a veces no les entra ganas de franquiciar un plato de garbanzos y un porrón lleno de clarete. Y llenar el mundo con alegría pucelana. Y, qué narices, con la belleza inmensa del leísmo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 9 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí)