Mi primer móvil llegó con 23 años y la carrera terminada. Lo de las cámaras integradas fue más tarde, así que no hay ni rastro ni pruebas de lo que hice hasta ese momento, algo por lo que nunca he dado suficientes gracias a la Providencia. Porque cualquier persona de mi generación tendría hoy su vida pública destrozada de haber existido una cámara en el bolsillo de toda la sociedad, como sucede hoy. Y esto aplica también a esta panda de hipócritas que hoy se rasgan las vestiduras por lo de los chavales del colegio mayor tras haber estado defendiendo media hora antes un Ongi Etorri en Guetaria, un golpe de estado en Barcelona o la agresión de la Generalitat a un niño indefenso en Canet.

Cuando criticamos que los jóvenes de hoy viven pendientes de su imagen estamos siendo injustos. Ellos son víctimas, no verdugos, solo tratan de adaptarse al mundo en el que viven, como haríamos el resto en su lugar. Y saben que todo lo que hagan es potencialmente un clip de video que será expuesto en plaza pública en un nuevo auto de fe. Por eso viven en una caza de brujas constante, como lo de McCarthy, pero en tonos pastel. Debe ser horrible vivir así en una edad en la que casi todo lo que haces son gilipolleces. Gracias a Dios nunca lo sabré, viví una época de bastante libertad y tolerancia, la suficiente como para poder equivocarme sin sentir el olorcillo a azufre del aquelarre tuitero.

Tengo la sensación de que ayer terminó una época y la izquierda tontita tocó fondo del todo, que ya es decir. Toda la paletada, en bloque, salió a salvar a unas chicas que no quieren ser salvadas, como curillas lanzando agua bendita a los borrachos desde la puerta del bar. Ya nos había quedado claro que sólo sí es sí. Y resulta que las chicas dicen un sí como la catedral de Burgos. ¡Qué digo! Un sí como la Casa del Pueblo de Dos Hermanas. No quieren ser salvadas de una agresión porque no sienten que exista agresión. Y, es más, porque ellas también gritan a los chavales de enfrente, hay un video en el que se ve cómo sueltan por la boca cosas que harían temblar al propio Paulo Coelho. Y entrevistas en las que les eximen de culpa, asumen que todo es un juego y una tradición de dudoso gusto de la que todos forman parte. Y si ellas lo dicen, ¿quién soy yo para rectificarlas como un vulgar ‘mansplainer’?

En cualquier caso, lo que siento es una enorme envidia como de ‘boomer’ fuera de cacho que daría su dedo corazón por poder ir con esos chicos y esas chicas a la capea a recordar mi juventud perdida y gallear por chicuelinas delante de la vida. Verlos disfrutar de los mejores años de su vida, de días y noches inmortales que quedarán para siempre al fondo de sus recuerdos y a los que no tardando intentarán volver, cuando la juventud termine con un ‘gong’ que aún nos resuena por dentro. Y vuelen del colegio mayor a su ciudad a rellenar impresos tristes y se pongan ‘El gato montés’ de tono de móvil para recordar los errores cometidos «cuando fueron los mejores». Apenas eso.

(Esta columna se publicó en ABC el 7 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).