La verdad es que si se entera de esto Fran Encinas me va a matar. Y, ahora que lo pienso, quizá publicarlo en el periódico no sea el mejor modo de ocultarlo, pero da igual, es la verdad y no hay miedo, así que ahí vamos: el lunes estuve en Palencia por trabajo. No le avisé porque tenía dos reuniones y una comida y, como no sabía si tendría un hueco, preferí esperar acontecimientos. Pero la realidad es que, gracias a esa inmensa habilidad que el tiempo me ha dado para colocar las citas, al final tuve tres horas libres. Y las dediqué a perderme por la ciudad, a callejear esas mismas calles en las que trabajé tres años y un día hace ya más de veinte. No pude llamarle, pero, visitando la ciudad, revisitaba mis recuerdos. Y con los recuerdos, los sentimientos, porque una ciudad es fundamentalmente un escenario donde situar vivencias. Y, como los olores, las vivencias te llevan a revivir, que es vivir dos veces, a disfrutar de nuevo esos años mágicos que pasé allí con él y con Javi Aguado, los años de la burbuja, los del milagro económico, cuando España era un inmenso parque de atracciones para hacer dinero, todo funcionaba, vivíamos como suizos y no nos perdíamos ni una. 

Caminando fui a ver el lugar donde estaba la agencia y saludé como un torero haciendo el paseíllo. También pasé por esa ‘Hora Nona’ donde comenzó el chef Alberto Soto cuando solo era ‘Albertín’, sus pinchos eran una salchicha de Frankfurt envuelta en un trozo de bacon y aún me cogía el teléfono. Luego el ‘Cafetín’ de Abel, que nos dio tardes de gloria, no sé si demasiadas o demasiado pocas, aún estoy decidiéndolo. Por ‘La Urbana’, donde he sido pinchadiscos accidental. Por ‘el P21, donde Arturo sentaba cátedra cada tarde o el ‘Bubinga’, que no llegué a conocer, pero cuyas historias me sé de memoria. Como me sé las del ‘Franciscus’, el bar de Josele, el último torero y el patriarca de la gran saga de artistas totales. Pasé por el ‘Terán’, pero no saludé a Jose porque si no, a lo mejor, aún sigo allí. Y por La Traserilla y por el Pepe’s, que estaba cerrado. Y comí en La Encina, no podría perdonarme otra cosa. El recuerdo de Alberto Sánchez lo inunda todo. Y es bueno que así sea.

Y no todo fueron bares. Pasé por mi casa en los Cuatro Cantones a rendir homenaje al chaval que fui y por el mercado que me abasteció de carne de Cervera en cantidades industriales y me acordé de Teo, que me enseñó a amar la raza churra. Entré en la iglesia de San Miguel, donde se casaron El Cid y Doña Jimena. Y en ‘La Compañía’. Y en San Lázaro. Y en el convento de las Agustinas Recoletas y, por supuesto, en la Catedral, en ‘La Bella Desconocida’, que es a lo que iba en realidad. La Catedral cumple 700 años, aunque los orígenes visigóticos de la cripta tienen más de 1400, manda narices. Y para celebrarlo estrena restauración y una exposición que merece mucho la pena. La Catedral es una joya del gótico y me enfada sobremanera que no se conozca, que en Valladolid seamos capaces de visitar Santiago, Toledo, Sevilla y lo que sea antes de dedicar media hora a plantarnos en Palencia para ver esta maravilla y pasar un día de lujo. 

La exposición es fantástica por muchos motivos. Pero no esperaba toparme con dos Grecos que, por si mismos justifican un viaje entero: El martirio de San Sebastián y El Redentor. Pasé por delante de ellos como quien pasa por delante de un calendario en la cocina de su abuela. Tengo dudas de si el resto de visitantes eran conscientes de lo que tenían delante o dieron por hecho que eran copias, porque, en realidad, pasaban de largo. Y me di cuenta entonces que esa es la mejor alegoría de Palencia, de la ciudad, la Montaña, el Románico, el Camino o los Campos Góticos: es algo tan bello que, de algún modo, se vuelve invisible por prudencia. Y siento destrozaros el invento, palentinos, pero no solo pienso volver antes de que llegue el frío: voy a intentar comer el tarro a todo Pucela.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 13 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).