Hay tres Valladolid muy diferentes. Ojo, dejo el nombre de la ciudad en singular con premeditación y alevosía porque no sé cual es el plural de Valladolid. Si hablara de Sevilla podríamos decir que hay tres ‘Sevillas’ diferentes, pero ¿en nuestro caso qué decimos? ¿Qué hay tres ‘Valladolides’? ¿Tres ‘Valladolids’? Mire, dejémoslo en Pucela, que es más fácil. Hay tres Pucelas diferentes. Y arreglado. La cosa es que tenemos la Pucela del centro, la Pucela de los barrios clásicos y la Pucela de las urbanizaciones, del boom del ladrillo, esa Pucela como de película de Antena 3 después de comer, una ciudad que no conoces, no entiendes, no controlas y que si te llevaran allí con los ojos cerrados jurarías que te han raptado o incluso abducido porque no hay nada que te suene en varios kilómetros a la redonda.

Me pasó el otro día yendo a comer a un lugar extrañísimo cerca de Vallsur, un lugar lleno de parques mínimos, perfectamente trazados, repleto de perros educados y de dueños con pinta de calvinistas, ya saben, esas parejas perfectas, medio guapas, medio buenas, que sonríen y se quieren de modo correcto, sin altibajos, con un amor como entre funcionarios y que saludan al vecino con la tranquilidad del que tiene un triple A en el rating de la hipoteca, dos coches en leasing y un viaje pagado a Praga para el puente de Todos los Santos. Lamento no saber dar más indicaciones acerca del lugar, pero me siento incapaz, tenía pinta de club social, pero sin gente. Yo en cuanto cruzo la vía, el río, el Matadero o San Pablo me siento raro, como si estuviera desertando de la mili y hubiera llegado a La Mancha en un viaje astral. En estos lugares, en esta Pucela de las urbanizaciones, vive la gente a la que hace que no ves veinticinco años. Porque eso pasa, hay gente que no se ha movido de Valladolid en su vida, pero a la que no he vuelto a ver desde que me despedí con un abrazo en la verbena de COU. Y un día, de repente, escuchando la radio en la ducha se te viene a la cabeza su cara y su nombre con dos apellidos. Y te preguntas, ¿qué habrá sido de este tío? ¿Dónde le habrá llevado la vida? ¿A Centroamérica, quizá? ¿A China, tal vez? Pues no, sepan ustedes que toda esa gente vive en el Alfoz o en los barrios limítrofes, esos barrios residenciales con carril bici, una pista de pádel en cada edificio, piscina para el verano y que cuando salen a la calle los sábados lo hacen con chándal, gafas de sol y una gorra de los New York Yankees. Utilizan el coche hasta para comprar el pan, atravesando grandes avenidas silenciosas y limpísimas, perfectamente pavimentadas y con rotondas dedicadas a la Solidaridad, el Ecologismo, el Voluntariado y otros conceptos tan irreprochables en lo moral como infumables en lo toponímico.

En cambio, yo prefiero vivir en comunidades de vecinos llenas de ancianos sin más pretensión que ver a los nietos, bajar a por el periódico y comprar pescado los martes en tiendas situadas en calles con nombres de reyes medievales sanguinarios y en las que no es posible aparcar. Y por eso se va andando a todos los sitios. Todo en el centro está a diez minutos, te lo montes como te lo montes. Y ese vagabundeo como de ‘flaneur’ me vuelve loco. En el centro hay quioscos y zapateros remendones. Hay mercerías con dependientas que se llaman Merce y últimamente se ruedan más películas que en el Hollywood del Star System. Milagro es que no te encuentres con un sonidista en el baño, con un catering en plena calle o con un maquillador perdido en el super. Ese es el Valladolid que me gusta, el del centro, el incómodo, el de las casas que no parecen catálogos de IKEA y que tienen más radios que televisiones.

Y los barrios, pero los de verdad. Las Delicias, La Rondilla, La Victoria, Pajarillos, Pilarica, Girón o San Pedro, los barrios de los bares feos e incómodos donde dan oreja y no esas moderneces como de aeropuerto sueco, los bares donde no hay sushi, tartar de tomate ni música de sala de espera sino barra de metracrilato, la Ruleta de la Fortuna en la tele y dos jubilados discutiendo de cualquier cosa, como si fueran columnistas, junto a inmigrantes como Franklin, Bogdan o Aisha que son más de Valladolid que muchos cantamañanas. Me gustan los barrios obreros, Circular, San Andrés, San Nicolás, Vadillos, San Juan y Batallas. Las administraciones de lotería, las fruterías, las paradas del bus y las iglesias. Los abuelitos al sol y las abuelas que salen del portal con una bolsa para ir a un recital de poesía en su centro cívico. Por Dios, necesito que esa España que suena a olla pitando y a piñones en los bolsillos no se vaya nunca, que estamos hartos de Glovo, Netflix y Amazon, del postureo de las pantallas, de los teléfonos inteligentes y de sofás ‘chaise longue’ donde ver un talent show o unas hormigas repulsivas con un yogur alto en fibra en la mano.

Hay que echar la porra en el bar de abajo y llamar al repartidor por su nombre. Hay que escuchar a las señoras en la cola de la carnicería, hay que poner la oreja a la salida de misa y saber alternar un vino y media ración de morro con una noche en un restaurante con Estrella Michelín. Todo menos medianías, vulgaridades sin alma y cortos de cerveza con gaseosa. Hay que volver a ganarse el derecho a vivir, hay que celebrar, hay que tener resaca, besar la flor, temblar ante la espina. Hay que mirar al cielo del Valladolid que te haya tocado, oler este otoño, darse abrazos y fundirse toda la pasta que nos quede sin un solo chándal en el armario, por principios. Hay que dar gracias a Dios cada minuto y dar al mundo la mitad de lo que el mundo nos da. Hay que aprovechar más, nos vamos a morir y aún no conozco Buenos Aires. Se me acelera el corazón solo de pensar todo lo que nos queda por delante. No me va a dar tiempo a hacerlo todo, a leerlo todo o a escribirlo todo, pero pase lo que pase solo pido que sea en el octubre eterno de esta ciudad-milagro. No sabría vivir de otra manera. Y no me da la gana hacerlo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 16 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí)