Yo entiendo que el linchamiento diario es duro, que, por muy fuerte que uno sea, hay cosas que afectan, que todos somos humanos y que debe ser psicológicamente complicado abrir los periódicos y la radio cada mañana para ver que casi todos te critican. Entiendo que el estercolero de las redes sociales arde, que están los memes, las burlas y los whatsapps y que ha de ser insoportable acudir a cualquier lugar y que la gente te silbe e insulte. Y entiendo que, seguramente, la única manera de presidir un gobierno sin perder la cabeza sea aislarse en una burbuja, no hacer caso a nadie y meterse debajo de la cama del búnker en posición fetal hasta que, por fin, se haga de noche y todos callen. Y luego el síndrome de La Moncloa, las ojeras y las canas. Y esa sensación de desastre adherida a las paredes como un pozo oscuro y resbaladizo.

También entiendo que la salida natural sea entrar en un proceso defensivo y pensar que todos son parte de una conspiración, que las críticas obedecen a poderes raros interesados en acabar contigo, que todo es injusto y que nadie te entiende porque los medios son muy malos. Pero no es verdad o, al menos, no es toda la verdad. En la vida conviene ser honesto y aceptar los errores. Si la gente piensa algunas cosas de Sánchez es porque Sánchez se ha empeñado en que lo pensemos. Son sus gestos oscuros, sus miradas pasivo agresivas, sus gestitos como de Iago Aspas en el minuto 90, su ausencia de empatía, sus mentiras sin disculpas, su rictus de rencor contenido, esa manera de estar en el Senado pasando papeles que no dicen nada para dejar claro a Feijóo que quiere que observe su manera de no mirarle, el castigo de la indiferencia de su media sonrisa, el desprecio que transmite, esa forma de no aceptar la crítica, esa incapacidad para la cesión, esa obsesión por volar puentes y por aislar a medio parlamento sin saber que, en realidad, aísla a media España. Esa antipatía. Es eso.

Yo no tengo ningún interés en que esto sea así, soy un mero observador y me siento incómodo viendo sufrir a alguien. Y como estoy bien educado no estoy acostumbrado a silbar, a gritar ni a insultar, ni a Sánchez, ni al árbitro ni al torero ni a Aspas. Me enseñaron que eso no se hace. A nadie. Pero, desde luego, los que lo hacen no son poderes ocultos. Son personas que están enfadadas, solo eso. Y si lo están es porque así lo sienten, porque así lo perciben, porque es real. Los medios pueden tergiversar palabras, pero no pueden evitar que ciertas imágenes traspasen las pantallas. Y no hacen falta quinientos asesores para sospechar que todo cambiaría con una sonrisa, un poco de humor, una autocrítica, una mirada calmada y respetuosa, un gesto de estar gobernando para todos y no contra la mitad, una palabra de afecto al rival, que no es el enemigo, un acto de generosidad inesperado y algo de humanidad en las formas. Pero esto o se tiene o no se tiene. Y me temo que no hay asesores en el mundo capaces de cambiar lo que hay en el fondo de una mirada.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 22 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).