La Transición terminó en 1992, con el AVE, la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, que, por fin, nos mostraron al mundo tal y como éramos. O, mejor dicho, tal y como queríamos llegar a ser, que es algo bastante diferente. Y es curioso porque el siglo XX ya había terminado en 1989, con la caída del Muro. Y seguramente, por el mismo motivo, empezó en 1917, con la Revolución de Febrero. O incluso en 1914, vaya usted a saber. Aunque también es posible que el siglo XXI no comenzara hasta 2001, con los atentados del 11S. E incluso puede que no terminara hasta septiembre de este 2022, con la muerte de Isabel II. Lo que está claro es que un siglo no son cien años sino un estilo, una manera de ser y de estar en el mundo y dura lo que nos dé la gana.

Por idéntico motivo, la Transición no es una época ni coincide exactamente con La Movida, que fue un estado de ánimo, una búsqueda general de libertad que cristalizó en un estallido creativo en todas las disciplinas artísticas, con culmen, posiblemente, en este ‘interregnum’ del año 1992. Entre esas disciplinas, el cine. Dice Javier Angulo, el director del Festival Internacional de Cine de Valladolid –Seminci– que ese año en concreto fue el de las luces, el que nos pone en la modernidad de modo definitivo. O eso creíamos, claro, porque la modernidad, al final, no ha resultado más que una monotonía asquerosa y gris, llena de miedo y sin libertad creativa ‘de facto’ por culpa de los piquetes de la moralina que nos asfixian con sus dogmas y su cobardía. Vamos, que la modernidad ha resultado ser una cosa muy parecida a la antigüedad, pero con wifi.

En cualquier caso, en 1992 fuimos modernos. Al menos, durante un rato. Fue el año de ‘Belle Époque’, de Fernando Trueba, que se llevó el Oscar y también el de ‘Jamón, jamón’, obra maestra de Bigas Luna que se llevó el León de plata en Venecia y que nos presentó a Bardem, a Mollà y a Penélope Cruz, aquella chica del clip de ‘La Fuerza del destino’ que nos había vuelto a todos locos cuatro años antes. 

Hace ya treinta años de eso –hace treinta años de casi todo, que diría Gil de Biedma– y Seminci lo conmemora con una exposición en la Sala de Las Francesas, en Valladolid, Tierra Santa, que comienza hoy 22 de octubre y que permanecerá abierta hasta el 22 de noviembre, cuando pondrá rumbo a Zaragoza en el marco del festival internacional de cortos ‘La Mirada Tabú’ y que quizá finalice en Málaga, coincidiendo con su festival de cine. De momento está en Valladolid un mes, sobre unos paneles rojo putón, que diría Loquillo, que rompen la oscuridad del espacio que se encuentra bajo las impresionantes yeserías barrocas y blancas de esta antigua iglesia. Rojo, negro y blanco: erotismo, muerte y vida. Puro simbolismo ‘bigasluniano’, yuxtaposición de conceptos marca de la casa y artificio al servicio de una idea. De hecho, ‘Jamón, jamón’ tiene una notable influencia cromática en obras posteriores -no solo de Bigas Luna- y la exposición que se inaugura lo enfatiza en una experiencia inmersiva muy interesante, llena de fetiches, objetos y curiosidades para cinéfilos.

La película fue visionaria en muchos aspectos, sobre todo en esa narrativa a través de triángulos entre personajes, conceptos y espacios concretos, tan vacíos como Los Monegros, tan perdidos y solitarios como sus protagonistas, emocionales y frágiles. Y las referencias al arte, con esa escena final, que es el duelo a jamonazos de Goya. O las muy dalinianas alpargatas que viste Penélope Cruz, de Castañer, y que mandó construir Yves Saint Laurent para su colección.

Y todo eso está en la exposición, obligada para los fans de esta película, ya de culto. Están las acotaciones, los ‘collage’ del director, sus obras de arte, el guion, el ‘storyboard’, los contratos, las fotos y multitud de piezas utilizadas. Hay ajos, toros, están los calzoncillos de Bardem y las notas del equipo. La música, los jamones y hasta el León de Plata. Está el vestido rojo de ‘Pe’, los zapatos con cuerno de su sueño, los carteles, el collar de perlas, los testículos del Toro de Osborne, testimonios de los protagonistas e incluso una exposición de toros realizada por el propio Mollà. Por haber, hay hasta jamones en hornacinas, llevando lo más rudimentario a lo sacro, como marca la pulsión.

Un cine sin censura moral

No hay catálogo, o al menos no lo vi. Pero, de haberlo, habría que conservarlo. No solo por la película, que casi es lo de menos. Tampoco por el tiempo que ha pasado ni por la tensión sexual entre los protagonistas que lo embarga todo –de aquellos polvos vienen estos lodos– sino, sobre todo, para recordar que una vez estuvimos a punto de ser modernos, que hubo una época en la que escandalizar a puritanos era el deporte nacional, que la valentía era lo general, que nos respetábamos, que nos reíamos y hacíamos arte con todo y que lo prohibido era lo primero en ser colonizado por los creativos. Pero hace mucho que el cine, sobre todo el español, es una misa insufrible y los artistas se refugian en la autocensura para no ser escracheados por sus colegas canceladores. Sobre todo por eso, la exposición es oportuna. Como psicoanálisis para que los lapidadores se pongan delante del espejo. Recuerden lo que pudo haber sido y se pregunten cómo hemos podido llegar a esto.

(Este texto se publicó originalmente en ABC el 22 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).