Decía Pla que los revolucionarios de hoy serán los conservadores de mañana. El tiempo, como no podía ser de otro modo, le ha dado la razón. Entre otras cosas porque no queda otra: si las reivindicaciones del progresista sesentayochesco se lograron, los que las pedían con el puño en alto no tienen otra salida intelectual que conservarlas con la mano en la cartera. Y, de paso, descansar en la placidez del vermú después de misa y los quince días de playa en agosto. Y como resulta que los postulados de los progresistas de entonces han ganado y Europa es una socialdemocracia donde todo lo que se pedía está garantizado, solo queda defenderlo y conservarlo, para lo cual hay que hacer el viaje ideológico contrario. Si éramos progresistas porque queríamos cambiar las cosas, ahora que lo que hay nos vale, toca abrazar el ideal conservador, la postura aburrida, sosa, equilibrada y sensata y dedicar todos los esfuerzos a hacer el sistema viable, lo que implica adaptarlo al entorno real de 2022, muy diferente al de 1981. El socialdemócrata sensato exige aplicar recetas económicas liberales para racionalizar el gasto, ayudar a las empresas a crear empleo, ganar cotizantes y adelgazar esta locura en la que han convertido el estado. Y, sobre todo, explicar a la población que una cosa es el Estado social –que crea ciudadanos dignos– y otra el asistencialismo –que crea personas incapaces y dependientes del político–. Una cosa es ayudar al que lo necesita y otra abrir la puerta de la jaula para tirarles pienso a paladas.

Así fue como las urnas del PP se llenaron de votos de felipistas desencantados, de socialdemócratas moderados y de personas normales y corrientes que se cansaron de la corrupción y con la suficiente talla ética como para vomitar ante aquella vergüenza fascista que fueron los GAL. Lo mismo ha pasado en Andalucía recientemente y pasará con Feijóo. No es que hayan cambiado de ideología, es que el votante entiende que la derecha moderada defiende mejor sus derechos que el PSOE, que ya es solo una máquina de agudizar crisis económicas y de decir gilipolleces. El PSOE entonces se dedicaba a llevar el agua corriente a las casas, a asfaltar las calles o a alfabetizar los entornos rurales. Porque hay que recordar que, en 1981, un 27% de las mujeres de Andalucía de más de 35 años eran analfabetas. La lucha feminista no es que tuviera sentido, es que era un imperativo moral. Pues bien, esa lucha se ha ganado. Quizá, por eso, al PSOE ya no le vale. Y quizá, por eso, hoy no podemos saber el porcentaje de mujeres analfabetas: no porque no conozcamos el número de analfabetas, sino porque no conocemos el número de mujeres.

El PSOE se dedicó entonces a liderar una democracia homologable al resto de Europa. Hoy se ha convertido en un hazmerreír, en un conjunto de postulados ridículos y sin la dignidad intelectual para llamar mujer a la mujer, hombre al hombre y necio al líder. Ayer renunciaron al marxismo. Mañana, para sobrevivir, renunciarán al delirio.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 31 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).