Desde 2009 se han ido a trabajar a Madrid unos 100.000 vallisoletanos, según datos del SEPE. La cifra no es exacta porque los números de este año aún no han salido, pero no andará muy lejos. Si quisiéramos saber cuántos vallisoletanos se han ido a trabajar a Madrid no desde 2009 sino en general, me temo que la cifra sería escandalosa, quizá más del doble. Es cierto que algunos vuelven y también es cierto que hay quien trabaja en Madrid y vive en Valladolid, pero no es menos cierto que muchos otros ya no trabajan -parados, jubilados-, pero se quedaron a vivir allí. Y que también hay muchos vallisoletanos que estudian carreras o másteres en Madrid y no computan como trabajadores.

La mayoría de ellos no están empadronados, por lo que siguen contando como vallisoletanos en Valladolid, algo que seguramente se compensa con todos los castellanos y leoneses de fuera de Valladolid que residen aquí pero que están empadronados en su pueblo por motivos sentimentales u otros más prosaicos, como, por ejemplo, cazar y pescar. Así que ni idea de la gente que vive aquí realmente ni tampoco del número de vallisoletanos que trabajan en la capital de España. Pero, en cualquier caso, es una tendencia general. Hubo una primera ola de migraciones del campo a la ciudad en los años 60 y ahora estamos viendo la segunda, la migración desde las ciudades a las grandes urbes. Es decir, los abuelos vinieron del pueblo, los padres se quedaron y los hijos se van. 

Y lejos de ver esto como un problema, debemos verlo como una gran oportunidad. No podemos vivir en la nostalgia, con estos bueyes tenemos que arar y ni todas las plataformas de la España vacía del mundo ni todo el populismo a derecha e izquierda que podamos imaginar serían capaces de parar las macro tendencias globales. La realidad es que Valladolid tiene la inmensa suerte de estar donde está y de tener un Ave que te planta en Chamartín en menos de una hora.

No podemos parar la rueda del tiempo -personalmente tampoco tengo el menor interés en hacerlo, qué horror-, pero sí que podemos tener imaginación para sacar partido de la situación. Pocas ciudades tienen, como Valladolid, la doble suerte de ser cabeza de ratón y cola de león. Pocas capitales pueden aprovechar el hecho de ser la locomotora de su Comunidad y, por lo tanto, de atraer talento de las ciudades circundantes y a la vez aprovechar las infinitas oportunidades que nos da un mercado inmenso -no solo laboral sino de consumidores- a menos de una horita.

Pero la realidad es que nadie cree en Castilla y León. Cuando desde el resto de la comunidad se habla de fijar población en la región no lo dicen en serio. Quieren fijar población en sus ciudades y en sus pueblos, algo entendible, pero estratégicamente torpe. Si queremos fijar población en Castilla y León, hay que aceptar que eso pasa por Valladolid. Por muy injusto que sea en lo sentimental, la población tiende a centralizarse donde hay trabajo y servicios públicos, que no tienen presupuesto infinito. 

Y después ya llegan los cines, los museos y el olorcillo a tienda de Inditex de las calles principales. Apostar por Castilla y León pasa por apostar por Valladolid. Pero apostar por Valladolid pasa por apostar por Madrid como aliado irrenunciable, como oportunidad y no como enemigo. Si los jóvenes se van allí es porque aquí no pueden trabajar en lo suyo. Es decir, no es que Madrid nos quite el talento: lo que nos quita es parados. Y además nos compra vino, quesos y muchos Renault.

Estamos solos en esta guerra, el resto de provincias no van ayudar y la Junta no se atreverá jamás a hablar claro a la gente. Así que, como tenemos elecciones en cinco meses y, a pesar de mis oraciones, no creo que De los Mozos esté libre para ser alcalde perpetuo, a dejarse todos de tonterías y guerritas culturales. Y a pensar un poquito en el futuro. Para variar.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 8 de diciembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).