Pasea Delibes por Dos de Mayo, gira por General Ruiz y avanza por la parte izquierda de Muro hasta llegar a Colón. Entra al Campo Grande por la Acera de Recoletos y se lo encuentra blanco por la helada de anoche. Se para en la puerta, mira a los lados y decide que va a recorrerlo en el sentido de las agujas del reloj, mirando siempre al suelo, como si estuviera buscando codornices. Cuando termina, hace el mismo trayecto, pero al revés. Luego, las diagonales, la pajarera, el palomar, la Fuente de la Fama y el estanque. Va hasta los columpios, mira el riachuelo, revisa los árboles, pasa revista a los animales, busca los nidos y sospecha que va a llover. Cuando se cansa de contar patos y de descifrar nubes se va hacia la cascada y, desde allí, toma el Paseo central para salir por la Puerta del Príncipe hacia la Plaza de Zorrilla y hacer el mismo paseo, pero por fuera, por Paseo de Zorrilla, Filipinos y vuelta a casa. Camina con zancadas grandes y rápidas, lleva las manos cruzadas por detrás, una gorra verde de cazador y esas gafas pasadas de moda que le sirven para mirar mejor el suelo y aislarse del silencio atronador de sus paisanos, que le miran como si estuvieran viendo a la vez a un apóstol, a Cervantes y a su propio abuelo. Porque Delibes era un abuelo común, una especie de antepasado compartido, lo cual hace de los vallisoletanos la única especie del mundo con cinco abuelos y un mismo tronco al que asirnos cuando nos descarriamos, es decir, cuando nos olvidamos de la dignidad de una tierra pobre como sus ratas y altiva como su cielo. Delibes era una especie de jefe de Estado que vertebraba un sentimiento y lo llenaba de argumentos, hasta convertirlo en destino. El jefe de la tribu.

El mero hecho de saber que Delibes estaba ahí, dando un paseo antes de comer y pensando en lo que quiera que piensen los cazadores de Castilla cuando pisan el asfalto, imponía un respeto, un marcado sentido de la vergüenza. Yo no escribí una palabra en El Norte hasta ocho años después de su muerte, pero me temo que saber que te iba a leer Delibes sería suficiente motivo como para escribir cada tarde como si te fueras a examinar de notarías, esforzándote muchísimo, sin aliviarte, sin ‘un día más en la oficina’. Pero, sobre todo, supongo que sería un gran motivo para no decir gilipolleces. Porque en esta misma página han escrito Martín Descalzo, César Alonso de los Ríos, Corral Castanedo, Jiménez Lozano, Umbral, Pérez Pellón, Fernando Altés, Manu Leguineche, Bernardo Arrizabalaga, Miguel Ángel Pastor, Campoy o Pedro G. Collado.

Lo pienso y me acojono, pero es que realmente este no es un periódico más y eso es algo que se nota cuando sales de Valladolid. El respeto al decano es inmenso y eso es porque, en un momento de nuestra historia, llegó Delibes. Y tuvo una visión, un compromiso, desafió a la censura franquista, a la mediocridad y a la cobardía y se rodeó del mayor grupo de talento que se ha visto en la prensa española. E hizo de estas coordenadas olvidadas un lugar en el mundo. 

El día que murió yo ya estaba triste. Por circunstancias de la vida, pasé la tarde con una ansiedad de caballo y completamente solo, algo a lo que, por entonces, no estaba acostumbrado. Luego la vida se ceba con las propias debilidades para enseñarte de lo que eres capaz, pero, ese día, la melancolía había llegado antes que la noticia, supongo que para ir haciendo cama. Recuerdo bien aquella pena preventiva llenándolo todo, como la niebla cuando baja como una camisa de fuerza, dejándote ciego en un mundo gaseoso y sin suelo en el que tocar fondo. Es una sombra húmeda que se expande por dentro y te llena de vacío. Recuerdo que escuchaba en bucle un concierto de Morrissey, como queriendo escapar de aquel domingo mudo y gris que, en realidad, fue un viernes que duró tres días. Y me llegó la noticia como nos llegó a todos, en forma de mensaje de móvil al que le seguía un silencio terrible, un silencio congelado que nos atravesó el corazón. Ha muerto Delibes. Se nos ha ido el maestro y nos hemos quedado solos, esta vez de verdad y para siempre. Aún se nota su ausencia y creo que, trece años después, no nos hemos recuperado del todo. Fue muy desagradable despedirse para siempre y creo poder afirmar que la ciudad jamás ha vuelto a ser la misma. La mera presencia de Delibes, la sola posibilidad de un encuentro hacía que nos respetáramos más, que nos sintiéramos privilegiados, elegidos, que nos miráramos como si tuviéramos dentro el mapa del tesoro con una equis gigante. La equis final de Max. Pasamos todos por aquella capilla ardiente en el Ayuntamiento, que se convirtió en monumento fúnebre, en un Taj Mahal de adobe y polvo. Y creo que nunca he vuelto a ver nada similar. Colas interminables, gente santiguándose, un retrato, una rama de espigas y rosas y las mandíbulas apretadas para suspender unas lágrimas en caída libre. Recuerdo la Plaza Mayor llena, negra y muda. Y sus nietos cargando el féretro sin saber que, en realidad, toda la ciudad cargaba con ellos.

A mi hija aún le faltaban cuatro meses para llegar mundo, pero aquel día la eché de menos por vez primera. Sentí unas ganas incontrolables de abrazarla, de presentarme, de darle la bienvenida a su casa y a su tierra, una tierra devastada por la incomprensión y el abandono, una tierra de viejos callados y de aves rapaces que los miran desde arriba a la que se le acababa de ir un referente, un mito, un abuelo. Su abuelo. Han pasado años de aquello y lo vamos asumiendo, pero últimamente recuerdo mucho aquellos días, no logro quitarlos de mi cabeza. Ojalá hubiera podido tener la suerte de que me leyera, aunque fuera solo una vez. No pudo ser. De momento, tengo al lado una foto suya en la que tiene una cara de cabreo especialmente displicente, para que me ponga en mi sitio y me recuerde quién es el modelo y el referente. Ya nadie conocerá la suerte de vivir con cinco abuelos, pero muchos viviremos para siempre desde la honestidad que da crecer en ciudad con Delibes.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 15 de enero de 2023. Disponible haciendo clic aquí).