
Es posible que Esther fuera la primera persona que confiara en mí como escritor, más allá de arreglos florales y fuegos de artificio. Fue en 2014, en el marco de CreaVa, la rama vallisoletana de Creart, un proyecto europeo que trataba de promover la creación artística, el intercambio y la organización de eventos culturales. Ella fue seleccionada para comisariar uno de los proyectos, al que llamó ‘Cottage Kilns’. Ya habíamos colaborado previamente en algún proyecto de juventud -ella con su arte, yo con mis textos- y, por algún motivo que desconozco, quiso volver a contar conmigo. Mi labor en este nuevo proyecto se limitaba a observar a los artistas en su hábitat para retratarlos diariamente, con suerte de entomólogo. No me resultó complicado; al igual que hoy, en aquella época el mundo del arte ‘mainstream’ iba por la vida disfrazado de ‘underground’ y con un bigotillo hípster hoy felizmente enterrado. Aunque todavía sigamos pagando la fiesta y su resaca.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 10 abril de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).