
Lo que Morante demuestra, por encima de todo, es que los toros no son repliegue identitario sino vanguardia creativa, un arte extremo instalado ontológicamente en la transgresión, en el escándalo, en la expresión radical de un individuo bailando en el abismo con la muerte. No hay nada de conservador en ello, como no lo hay en ningún otro ejercicio creativo, que, por definición, anhela vías inexploradas para reivindicar la singularidad más extrema, que es la individualidad del artista. El arte no es conservador; puede ser conservadora la industria, el mecenas y el coleccionista; puede ser conservadora la opción política del artista; incluso puede ser conservadora la educación sentimental del aficionado. Pero cuando el arte comparece de verdad se convierte en revelación y eso rompe necesariamente la costumbre, la tranquilidad y la convención. Es lo que sucede con Morante, que no existe para dar calor de brasero a una tribu sentimental sino para inquietar, para alterar lo establecido y para devolver el toreo a la intemperie en la que habita la creación en carne viva, una creación que puede ser clásica o rupturista, pero no identitaria ni conservadora. La identidad es siempre individual: el toreo –como la fe– me define a mí, no a todo un país. No somos nacionalistas catalanes.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 11 abril de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).