Pasear ya no dista demasiado de recorrer un eslalon de cuerpos abandonados a su suerte, un zigzag entre obstáculos con apariencia humana, un trayecto memorable como el de Maradona en el estadio Azteca pero sin ingleses, solo españolitos mirando al móvil absortos, entregados al 5G y al consumo de datos en itinerancia. Hasta hace no tanto había un pacto no escrito en virtud del cual, cuando te ibas a chocar con alguien, los cerebros lo percibían con un cálculo matemático instintivo; tú te apartabas unos pasos a la derecha, la otra persona hacía lo propio y así se evitaba el caos. Voilá. La evolución. Bien, pues este darwinismo es algo del pasado y, por no levantar la cabeza, hoy nos jugamos la vida a cada paso, fiando la supervivencia a la buena voluntad y a un sónar como el de los murciélagos que nos advierta que enfrente hay otro bípedo en las mismas coordenadas del continuo espacio-tiempo. Y que o te apartas o te empotras.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 20 abril de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).