Hubo un país y hubo un momento en el que los jóvenes que no sabíamos que hacer nos comprábamos una guitarra, un bajo y una batería y poníamos al guapo a cantar. Porque hubo un país y hubo un momento en el que con el desamor hacíamos canciones, con las alegrías hacíamos canciones y, cuando no había ni de lo uno ni de lo otro, nos limitábamos a reír. Y después a hacer canciones. En realidad, no se me ocurre nada más sano que pasar la adolescencia con amigos, en el local de ensayo, canalizando la vida y sus vaivenes a través de la creatividad y de sus bafles, entre aislante de pared, cables pelados y un calor de cárcel hondureña.

Pero la vida no es un anuncio de bífidus activo ni viene esterilizada, como mi gata y la bandeja del dentista. Y no todo es tan sano: antes del ensayo, unas birras: después del ensayo, unas birras; y, durante el ensayo, unas birras y paquete y medio de Fortuna. Porque hubo un país y hubo un momento en el que crear era lo normal: música en Rockola, pintura en los estudios, cine en la Gran Vía; mimos en el Retiro, toros en Las Ventas, fotografía en Lavapiés. Ese país y ese momento era España, que salía oficialmente de una dictadura y descubría la libertad. Aunque, digan lo que digan, la libertad llevaba bastante tiempo asomando la cabeza. Todo ello eclosionó en una sensación basal de alegría y expectación, que para un país es un acelerador de partículas, de partículas de entusiasmo, creatividad y optimismo. Y, como consecuencia, la alegría.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 25 abril de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).