
Yo he estado en la casa de Dickens, en Londres, una casa victoriana en el corazón de Bloomsbury pensada para el fanático del genio de Landport. Todo en ella está diseñado para la experiencia, para el disfrute del fetichista y para la autoficción, que consiste en dejarte engañar un rato aceptando que no estás dentro de un recurso turístico sino en la casa del escritor tal y como la dejó, con la espuma de afeitar, el último folio en la mesa y la tinta aún fresca. Hay un pacto de entrada, un pacto implícito entre el visitante y el guía que tiene mucho de literario y que, en definitiva, consiste en bajar los brazos, anular momentáneamente tus defensas y aceptar que todo lo que te cuentan es verdad, aunque no lo sea del todo. Algo parecido sucede cuando vamos al teatro, al cine o a Eurodisney. Nada allí es cierto, lo sabemos, por desgracia la vida no son las ‘highlights’ de un guion hiperglucémico. Y ¿qué más da? ¿A quién le importa? Decía Nietzsche que tenemos el arte para no morir de la verdad y, así, nos deleitamos en el engaño, entramos al juego, y somos felices en la ficción. En realidad, se trata de eso, de disfrutar una experiencia, como dije al principio. Pero, a cambio de mi lealtad, la experiencia ha de ser holística, total, radical, omnicomprensiva y transmutadora, es decir, algo que te haga salir diferente a como entraste. Ese es el trato: como yo soy un pirado y me enloquece Dickens, pongo todo de mi parte y renuncio a mi toma de tierra con la realidad. Pero, a cambio, exijo que la casa hagan lo mismo. Es un trato: yo me dejo engañar, pero tú me engañas.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 8 mayo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).