Ya nadie juega al mus. O al menos como se jugaba antes, con tapete verde, baraja sobada y una llamada que era una orden de movilización: «Faltan dos para un mus». Uno lo oía, abandonaba cualquier obligación doméstica con la disciplina de un reservista y bajaba al bar dispuesto a entregar las siguientes horas al cálculo, la amistad y la mentira. Sobre todo, a la mentira, que en el mus del castellano no es defecto, sino una de las bellas artes. Había en aquellas mesas solemnidad de casino pobre: ceniceros llenos, camareros cómplices y unos orujos caseros que, vistos hoy por un inspector de Sanidad, llevarían al tabernero a la cárcel. Y con razón. El mus era una forma de estar en el mundo. Se aprendía más sobre el carácter español ahí que en muchos congresos de sociología: la fanfarronería, la cobardía disfrazada de prudencia, la temeridad, el orgullo, la obediencia al compañero, la sospecha permanente y esa tendencia a convertir cualquier trámite en guerra civil.



(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 17 mayo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).