En el capítulo XLIX del Quijote, el caballero de la Triste Figura recuerda a «los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada» y dice descender de ellos «por línea recta de varón». Es decir, que el loco más cuerdo de la literatura, cuando necesita darse una genealogía, tira de un Quijada de Villagarcía. Hace lo que hacemos todos cuando nos ponemos estupendos: buscar un abuelo ilustre, un pueblo decente y una historia familiar que nos suba un poco el precio. Solo que en este caso el juego cervantino tiene detrás una veta real. Cervantes no inventa del todo los nombres ni la hazaña. Los toma de la memoria caballeresca vallisoletana, medio histórica y medio legendaria. Y los mete en la cabeza febril de su genial hidalgo.

Gutierre de Quijada no fue Don Quijote, claro. Pero sí su sombra, un abuelo simbólico, un rescoldo de caballería verdadera metido en la hoguera literaria de Cervantes. Antes de que Don Quijote saliera por los caminos con su lanza imposible, había castellanos que salieron de verdad por los caminos de Europa a romper lanzas, defender honras y volver a casa con un nombre que todavía hoy suena a hierro, a caballo mojado y a sopa de ajo. Esa es la historia: Don Quijote nace en La Mancha, pero cuando sueña con su linaje mira hacia Villagarcía, demostrándonos que hasta para triunfar hay que buscar la veta buena. Y, sobre todo, que hasta para echar a volar como un loco conviene tener hondas raíces.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 29 mayo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).