
Importa menos quién eres que con quién recorres la vida. Importan menos los genes –el mandato de la sangre–, que a quién lees, a quién escuchas o quién te tira de las orejas cuando te equivocas. Porque de una postura equivocada se puede volver con una buena influencia. Pero nadie sale indemne de un éxito que nunca debió llegar, éxito ‘low cost’. Menos aún de los aplausos denigrantes, esas ovaciones vacías y tristes que no te dejan escuchar los susurros que brotan desde dentro, que te dicen que sí… pero que no. Porque el éxito está bien, no está mal, pero es una fábrica de sesgos de confirmación. Sobre todo, si el éxito es discreto y la autoestima grande. Al fin y al cabo, de un fracaso se puede salir, pero de un triunfo inmerecido no se sale jamás, porque se interpreta como consecuencia directa de ser quién eres, un premio ontológico. Y corres el riesgo de creerte diferente, especial o incluso mejor que el resto. Lo verdaderamente importante es el fracaso, las arrugas del estilo, las cicatrices de espejo. Es el fracaso el que te pone a prueba, el que viene a quitarte el olor a nuevo y los brillos en el traje y el discurso. Pero, sobre todo, el fracaso sirve para no hacer el ridículo intentando agradar a los nuestros para seguir recibiendo sus aplausos. Yo tengo la suerte de no haber sido nunca de los nuestros. Y menos aún de los buenos, que diría Goytisolo. Quizá, por eso, siempre he tenido poco entusiasmo por todo. Especialmente por los aplausos.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 31 de mayo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).