
De algún modo, el Congreso parecía haberse quedado congelado en un aplauso, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa en el instante exacto en el que el adulto entra en la habitación en la que unos niños llevan horas zurrándose. Y le da por preguntar: «¿Cómo están los chicos más buenos del mundo?», con el tonillo a lo Julie Andrews, la inocencia montando guardia y una incapacidad ontológica para sospechar lo que allí estaba ocurriendo minutos antes; y, lo que es peor, sin poder imaginar lo que volvería a suceder segundos después, en cuanto el adulto deje de mirar, cierre la puerta de nuevo y los mismos que posaban como los Niños Cantores de Viena se vuelvan a liar a patadas y a mordiscos, como perfectos salvajes. Tenían que haberlos visto: todos con cara de niños buenos, serios y educados; todos y todas con su traje oscuro, excepto Carla Antonelli, que optó por usar el ‘privilegio de blanco’ que el protocolo reserva a la Reina, y los hombros de Montse Minguez, a los que solo les faltó ponerse un poco de crema para empezar a tirar selfies como si estuviera en un mercado medieval de Fuengirola. Algo parecido sucedió con los diputados del PNV, que posaron en sus escaños con una bufanda azul y amarilla conmemorativa de la visita, como hinchas de Las Palmas. Nada grave, en realidad, porque el ambiente era el de las grandes ocasiones.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 9 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).