
El ‘pico’ es el del 78, que fue el mundial del año en que nací, pero que no pude disfrutar ni desde la cuna: me pilló marcando goles en el vientre de mi madre. Aun así, lo contabilizo porque he escuchado a Calamaro: «Me parece que soy de la quinta que vio el mundial 78; me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor». Los otros once los recuerdo bien, sobre todo por las circunstancias en las que los viví. Dice en un tuit Jesús Alonso que le encanta «cómo el Mundial te ayuda a recordar las distintas etapas de tu vida. Dónde estabas, con quién lo veías y hasta cómo era el mundo en ese momento. Nostalgia pura». No conozco a Jesús, pero tiene razón: el Mundial es una excusa para poner metas volantes en la vida, una baliza cada cuatro años. Quizá por eso tengamos cada uno asociado a unas sensaciones y anclado a un ‘yo’, al que también echamos de menos.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 10 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).