
El sanchismo va a acabar con todo, hasta con el columnismo. Uno abre los periódicos y puede llegar a la conclusión de que la tarea del columnista español es dejar claro al resto de columnistas que sigue siendo ‘de los nuestros’, algo parecido a lo que dijo aquel miembro del Partido Comunista de El Salvador: «Somos pocos, pero muy sectarios». Parece que nos diera vergüenza levantar la mirada o escribir de otros temas y que no solo no nos rebeláramos contra las anteojeras de los burros, sino que las luciéramos con orgullo. Que, en tiempos convulsos, quiero decir, el columnista piensa que en sus hombros descansa el futuro de la patria. Quizá por ello nunca se ha redactado tan bien ni escrito tan mal. Los periódicos llegan llenos de columnas correctas, con su tesis, su desarrollo y su pirueta, como esos pisos turísticos decorados en beige y en los que nada sugiere la presencia de vida humana. Del mismo modo, uno entra en algunas columnas como si entrara a la sala de espera de una consulta en la que ya no hay médico. Hay datos, la dosis diaria de sectarismo y esa eficacia de consultoría que permite saber desde la segunda línea dónde va a terminar el juego. Pero falta esa cosa antigua, incómoda e irreductible que solíamos llamar ‘autor’ y que no consistía en buscar el aplauso sino en mirar las cosas de una manera que no pudiera ser sustituida sin que el edificio entero se viniera abajo.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 28 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).