Querido Nickie:

No sé si has visto ‘El cazador’, de Michael Cimino, aunque intuyo que sí. Yo la he vuelto a ver estos días y me ha dejado tocado como cuando una conversación se queda resonando por dentro, o como cuando uno vuelve al pueblo en vacaciones y descubre que los amigos siguen siendo los mismos, pero la conversación ya no puede seguir apoyándose en los mismos viejos muebles. ‘El cazador’ tiene algo terrible, Nickie: empieza como empiezan las vidas antes de estropearse: una boda, una fábrica, unas canciones, unas bromas de hombres, unas cervezas y una comunidad que aún no es consciente de su fragilidad. Lo tremendo de la cinta no es la guerra sino la inocencia anterior, esa manera que tiene Cimino de obligarte a mirarlos cuando aún están enteros. «Míralos bien», parece decirte.  «Mira cómo se sientan, cómo se interrumpen, cómo cantan, cómo uno quiere a otro sin decirle jamás ‘te quiero’». Porque los hombres de entonces –y algunos de los de ahora– preferían quedarse cojos antes que ser vistos como sentimentales. Y tú los miras, claro, y piensas que eso es la vida. Pero luego llega Vietnam –la mera palabra ya entra como un cuchillo– y entiendes que la película no va de guerra, sino de la profanación de una amistad.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 27 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).