
Pero, volviendo a Moby Dick, es necesario atravesar la parte del tostón ballenero del libro como quien atraviesa una penitencia. Cuando estás en ello, llega un momento en el que empiezas a creer que Melville se ha olvidado de la novela y que se ha puesto a escribir el manual de instrucciones de una conservera, pero no: tan solo está fabricando el peso del mito. Si no sabes cómo se la caza una ballena, cómo la descuartizan y cuánto cuesta dominarla, el final no tiene sentido. Por eso, Moby Dick es una presencia que se va acumulando durante todo el libro. Melville te obliga a embarrarte en la grasa, en los arpones y en la rutina de la caza de la ballena para que, cuando aparezca, no sea solo un símbolo flotando en el aire, sino una presencia física, monstruosa y creíble. Sin ese tratado interminable, el final sería tan solo alegoría, Pero con él, se convierte en destino.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 1 de julio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).