Karina no tiene que copiar a nadie porque es un género en sí misma. Y con eso sobra. Lo pensaba mientras la miraba recibir el premio de manos de Sus Majestades, de grana y oro; mientras recibía una ovación larguísima, de esas que cuando empiezan a decaer renacen con más fuerza, dando un giro y elevándose con más intensidad; lo pensaba mirando esa cara de estar a punto de llorar, de reír o quizá de todo a la vez, soportando en sus hombros de niña el monumento a nuestra neurosis. Me sentí profundamente orgulloso de ella, una vez más. Y no sé si algún día seré capaz de comprender cómo nacen sus ideas, cómo se desordenan –como Lorca, son los sonidos negros– en esa cueva de Platón y cómo salen del bufadero, haciendo círculos concéntricos sobre la escollera, negro sobre blanco, hasta llegar a nosotros. Pero recuerdo que le dije a Fuenteálamo: «Hemos ganado». Y no sé quiénes somos ‘nosotros’, ni quiénes son ‘ellos’ ni qué guerra se está librando. Pero no puedo evitar pensar que si gana Karina –amiga, hermana, maestra–, también estoy ganándola yo.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 5 julio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).