Se sobrevive al vacío y el resto es solo un intento de ordenarlo. No se escribe, pues, para enseñar, sino para comprender. A menudo la comprensión real llega cuando ya no queda nadie a quien contársela, así que me lo cuento a mí mismo para no olvidar de nuevo. Las últimas palabras que aparecen en la libreta terminan en una mancha de tinta, como si hubiera intentado escribir dentro del apagón. A veces la miro, esperando que se complete sola, como una fotografía revelándose en directo. Me recuerda a los cuatrocientos años de silencio, el tiempo que hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, cuatro siglos durante los cuales Dios no dijo nada y simplemente se ausentó. Me atormenta que Dios se hubiera olvidado de nosotros o que nos diera por perdidos; que nos abandonara como a un perro en una gasolinera, quizá por desprecio a su obra, quizá por desprecio a sí mismo. El Antiguo Testamento termina con Malaquías, un profeta menor. Sus últimas palabras son un paréntesis que se queda suspendido en el aire, una frase que no termina. Habla del regreso de Elías, del mensajero que preparará el camino y del día terrible del Señor. Pero después no pasa nada. El libro se cierra y cae un telón que nadie sube durante cuarenta décadas. Es un final que no es un final, como la mancha de tinta al final de la libreta, un intento de seguir escribiendo cuando la luz se ha ido. Quizá así terminó también el Antiguo Testamento, en un gesto interrumpido, como si Dios hubiera intentado escribir una palabra más, pero se le hubiera derramado la tinta. Como si la historia se rompiera justo cuando iba a decir lo más importante.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 6 julio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).