
Pero se dan más factores: la Selección muestra a la España real, mestiza y ganadora, con jugadores vascos y catalanes; madrileños y andaluces; de izquierdas y de derechas. Y, por supuesto, a españoles de diferentes religiones o colores de piel. Sin olvidarnos de las mujeres, tradicionalmente menos interesadas en el fútbol, que se suman masivamente al apoyo a una Selección amable y acogedora. Hasta fuera de España el apoyo es masivo. La España ganadora es una marca global, una apisonadora y un éxito inmenso del que se ha enterado todo el mundo excepto nosotros, absortos en nuestro ensimismamiento. Pero no solo eso: lo hacemos unidos a valores como el compañerismo, el valor del equipo o la creatividad. En términos de marketing esto es imposible de hacer si no está anclado a una realidad profunda. Y su valor es incalculable para nuestra imagen en el mundo, algo clave para las exportaciones, el turismo o la difusión de nuestra Cultura. Pero esto no es un milagro ni una excepción. Esta es la España real, el sustrato libre sobre el que se asienta cada día una nación más allá de la división artificial a la que nos llevan. No es este el delirio; al contrario, el delirio es la polarización, la confrontación y la España pequeñita que algunos empeñan en crear cada día.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 20 julio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).