Cierro los ojos y veo una Tierra de Campos que no existe. Existen los caminos, los palomares y los girasoles, pero he desdibujado sus límites para cambiarlos por magia, convirtiendo mi infancia en Macondo. No es esta una tierra bonita, no es verde y amable como los pueblos de los cuentos. No hay valles bucólicos y cuando alguien pasa con el coche lo desprecia de modo sistemático. Lo llaman secarral, desierto, paisaje infame. Quizá tengan razón, Tierra de Campos es eso y mucho más. Como decía Garrido: «Se planta un árbol, y se seca; abrís una fuente, y se agota; cuidáis un pájaro y se muere». No hay esperanza, música ni belleza evidente en esta tierra. No hay nada a lo que podamos llamar hermoso. No hay montañas mágicas ni ríos cristalinos, no hay edificios señoriales ni casonas de madera con geranios en los balcones. Pero posee una belleza profunda, perturbadora y holística, que es la del hombre solo bajo un cielo inabarcable.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 26 julio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).